No somos islas

” El hombre está dividido contra sí y contra Dios por su egoísmo que lo divide de sus hermanos. Esta división no puede ser sanada por un amor que se coloca solitario en uno de los dos lados de la hendidura; el amor debe alcanzar ambos lados para poder juntarlos.

No podemos amarnos a nosotros mismos si no amamos a los otros; y no podemos amar a otros si no nos amamos a nosotros mismos. Mas un amor egoísta de nosotros mismos nos vuelve incapaces de amar a otros. La dificultad de este mandamiento:”Amarás a tu prójimo como a ti mismo” radica en la paradoja de que tendríamos que amarnos inegoístamente porque aun el amor a nosotros mismos es algo que debemos a otros.

Esta verdad nunca es clara mientras presumimos que cada uno de nosotros, considerado individualmente, es el centro del universo.

No existimos sólo para nosotros, y únicamente cuando estamos plenamente convencidos de esta verdad comenzamos a amarnos adecuadamente y así también amamos a otros. ¿Qué quiere decir amarnos adecuadamente?. Lo primero, desear vivir, aceptar la vida como un inmenso don y un gran bien, no por lo que ella nos da, sino porque nos capacita para dar a otros.

El mundo moderno empieza a descubrir cada vez más que la calidad y la vitalidad de la existencia del hombre dependen de su voluntad secreta de vivir. Existe dentro de nosotros una fuerza oscura de destrucción, que alguien ha llamado el “instinto de la muerte”. Es algo terriblemente poderoso esta fuerza engendrada por el amor propio frustrado que lucha consigo mismo. Es la fuerza del amor de si mismo que se ha vuelto aborrecimiento de sí mismo, y que, al adorarse, adora el monstruo en que se consuma.

Es, pues, de importancia suprema que consintamos en vivir para otros y no para nosotros mismos. Cuando hagamos esto, podremos enfrentarnos a nuestras limitaciones y aceptarlas. Mientras nos adoremos en secreto, nuestras deficiencias seguirán torturándonos con una profanación ostensible. Pero si vivimos para otros, poco a poco descubriremos que nadie cree que somos “dioses”. Comprenderemos que somos humanos, iguales a cualquiera, que tenemos las mismas debilidades y deficiencias, y que estas limitaciones nuestras desempeñan el papel más importante en nuestras vidas, pues por ellas tenemos necesidad de otros y los otros nos necesitan. No todos somos débiles en los mismos puntos; y por eso nos complementamos y nos suplementamos mutuamente, cada uno rellenando el vacío del otro.

Sólo cuando nos vemos en nuestro contenido humano verdadero, como miembros de una raza que está planeada para ser un organismo y un “cuerpo”, empezamos a comprender la importancia positiva, tanto de los éxitos como de los fracasos y de los accidentes de nuestra vida. Mis éxitos no son míos: El camino para ellos fue preparado por otros. El fruto de mis trabajos no es mío: Porque yo estoy preparando el camino para las realizaciones de otros. Ni mis fracasos son míos: Pueden dimanar del fracaso de otros, mas también están compensados por las realizaciones de otros.

Por consiguiente, el significado de mi vida no debe buscarse solamente en la suma total de mis realizaciones. Únicamente puede verse en la integración total de mis éxitos y mis fracasos, junto con los éxitos y fracasos de mi generación, mi sociedad y mi época. Pueden verse, sobre todo, en mi integración dentro del misterio de Cristo. Eso fue lo que el poeta John Donne comprendió durante una grave enfermedad, al oír que las campanas doblaban por otro. “La Iglesia es Católica, universal -dijo-; luego todos sus actos, todo lo que ella hace, pertenece a todos… ¿Quién no inclina el oído a la campana que en alguna ocasión tañe? Y, ¿quién puede suprimir de ese tañido la verdad de que un pedazo de uno mismo está saliendo de este mundo?”.

Todo hombre es un pedazo de mi mismo, porque yo soy parte y miembro de la humanidad. Todo cristiano es parte de mi cuerpo, porque somos miembros de Cristo. Lo que hago, para ellos y con ellos y por ellos lo hago también. Lo que hacen, en mi y por mi y para mi lo hacen.

Con todo, cada uno de nosotros permanece responsable de su participación en la vida de todo el cuerpo. La caridad no puede ser lo que se pretende que sea, si yo no comprendo que mi vida representa mi participación en la vida de un organismo totalmente sobrenatural al que pertenezco. Únicamente cuando esta verdad ocupa el primer sitio, encajan las otras doctrinas en su contexto adecuado. La soledad, la humildad, la negación a uno mismo, la acción y la contemplación, los sacramentos, la vida monástica, la familia, la guerra y la paz: Nada de esto tiene sentido sino en relación con la realidad central que es el amor de Dios viviendo y actuando en aquellos a quienes Él ha incorporado en Su Cristo. Nada, absolutamente nada tiene sentido, si no admitimos, con John Donne, que “los hombres no son islas, independientes entre sí; todo hombre es un pedazo del continente, una parte del todo”.

Thomas Merton (Extracto de “Los hombres no son islas”

Reflexiones de Thomas Merton sobre nuestro auténtico ser:

“La vida real no es algo que le preocupe para nada al hombre moderno. Su vida consciente está completamente perdida en abstracciones intelectuales, en fantasías sensuales, en lugares comunes de orden político, social y económico. Todo lo potencialmente valioso y vital está relegado en la mente inconsciente. La tragedia del hombre moderno es que su creatividad, su espiritualidad y su independencia contemplativa están sofocadas por un super ego que se ha vendido a la tecnología”

“Este real ser interior tiene que ser sacado como una joya del fondo del mar, salvado de la confusión de la indistinción, de la inmersión en lo común, lo trivial, lo sórdido, lo evanescente. El libre hijo de Dios tiene que ser salvado del conformista esclavo de la fantasía, la pasión y el convencionalismo. El ser íntimo creador y misterioso tiene que ser librado del ego pródigo, hedonista y destructor que solo busca cubrirse con disfraces”

El camino es largo pero el primer paso es buscar momentos de silencio y soledad, desde una vida con una orientación espiritual adecuada:

“El yo interno es tan secreto como Dios. Todo lo que podemos hacer por medio de alguna disciplina espiritual es producir en nuestro interior algo del silencio, de la humildad, del desapego, de la pureza del corazón y de la indiferencia que se requieren para que el yo interno haga alguna tímida e impredecible manifestación de su Presencia” .

No podemos contar para ello con la ayuda de nuestro entorno cultural actual:

“Las tradiciones culturales tanto orientales como occidentales al ser de naturaleza religiosa y sapiencial, favorecieron la vida interior por medio de símbolos, ritos litúrgicos, arte, poesía, filosofía y mito, que nutrían el yo interno desde la infancia hasta la madurez. Ese marco cultural ya no existe y debe ser recuperado laboriosamente por una minoría educada e iluminada”.

“Para los cristianos hay un abismo metafísico infinito entre el ‘Yo’ de Dios y nuestro ‘yo’ interno. Con todo, nuestro ‘yo’ más íntimo existe en Dios y Dios mora en él.

Por eso la experiencia mística cristiana no es sólo un caer en la cuenta del yo interior sino además, mediante una intensificación sobrenatural de la fe, una comprensión experiencial de la presencia de Dios en nuestro yo interno.”

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