“Elige: ¿ lo mortal o lo divino?.”

” De la razón ¡oh Tat! el Dios hizo partícipes a todos los hombres, pero no así de la inteligencia:

Y no lo ha hecho porque cele del hombre, pues los celos no vienen de lo alto, nacen aquí abajo en las almas de los hombres que no tienen inteligencia.

– ¿Y por qué, pues, ¡oh Padre!, el Dios no ha dado a todos la inteligencia?

– Porque, hijito mío, quiso ponerla ante las almas como premio del combate.

– ¿Y dónde la puso?

– Envió a la tierra un mar enorme de inteligencia, apostó un heraldo y le mandó proclamar al corazón de los hombres lo siguiente: “¡Báñate en este mar de la inteligencia tú que eres capaz, tú que crees que retornarás al que lo envió, tú que sabes para qué has nacido!”

Por consiguiente, todos cuantos aceptaron el mensaje y se bañaron en la inteligencia, todos se hicieron particípes del conocimiento y llegaron a hombres perfectos, acogedores de la inteligencia.En cambio todos los que se negaron al mensaje, estos tales son los “racionales”, los que no se procuraron la inteligencia, los que ignoran porqué nacieron y de quién provienen.

Las sensaciones de estos hombres son semejantes a los de los animales irracionales, y como su temperamento es pasión y cólera, son incapaces de admirar las cosas dignas de ver, antes se dedican a los placeres y a los apetitos corporales, y piensan que para eso han nacido los hombres.

Por el contrario, los que se hicieron partícipes del don del Dios, ¡oh Tat!, éstos, por comparación de conductas, son inmortales en oposición a aquellos, mortales: abarcan en su propia inteligencia todas las cosas, las que están en la tierra, las que están en el cielo, y lo que se puede encontrar más allá del cielo.

Tanto se han elevado a sí mismos que vieron el Bien, y viéndolo consideraron la vida de aquí abajo como un simple pasatiempo, y, menospreciando todas las cosas corporales e incorporales, se apresuran hacia el Uno y Unico.

Esta es, ¡oh Tat! toda la ciencia de la inteligencia, abundancia de cosas divinas y comprensión del Dios, pues el mar del que hablamos es divino.

– ¡Oh Padre! yo también quiero bañarme en él!

– Pero si primero no odias al cuerpo, ¡oh hijito!, no te puedes bienamar: amándote tendrás la inteligencia, y poseyéndola participarás también de la ciencia.

– Pero Padre, ¿qué dices?

– Que es imposible, hijito, adherirse a ambas cosas, a las mortales y a las divinas: porque como hay dos clases de seres, unos corpóreos y otros incorpóreos, en los que reside lo perecedero y lo divino, al que quiera elegir no le queda sino optar por uno u otro, porque es imposible hacerlo por los dos, y no quedando sino que elegir, el desechar del uno manifiesta la energía del otro.”

Extraído del Corpus Hermeticum, de Hermes Trimegisto.

Imagen: “La elección de Hércules” de Benjamin West, pintor estadounidense (1738-1820)

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“La elección de Hércules” – Benjamin West

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