El nacimiento del Cristo en el alma.

El Cristo ha dicho: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. No es una frase hueca, es la verdad. No solamente por los Evangelios se ha revelado el Cristo, sino que El está con nosotros, revelándose constantemente. Es preciso que tengamos oídos para oír lo que El nos revela siempre de nuevo, en los tiempos nuevos. No tener fe en estas revelaciones nuevas, nos puede debilitar, pero la fe nos fortalecerá.

La fe en estas revelaciones nos dará fuerza, aunque las mismas resuenen a través de los dolores aparentemente contradictorios y los infortunios de la vida. Con nuestra alma propia pasamos por las vidas terrenales repetidas, en cuyo curso se cumple nuestro destino. Pero tal pensamiento que nos deja sentir lo espiritual detrás de la vida física exterior, sólo lo concebimos si en el justo sentido cristiano acogemos las continuas revelaciones. Sentiremos cada vez más lo que es el Cristo, si somos capaces de relacionar debidamente nuestra existencia con la del Cristo.

Sobre la base del cristianismo, el rosicruciano de la Edad Media decía: Ex deo nascimur, In Cristo morimur, Per spiritum sanctum revíviscimus. De lo divino hemos nacido, al considerarnos como hombres en esta tierra. En el Cristo morimos. En el Espíritu Santo volveremos a ser despertados. Pero esto se refiere a nuestra vida, a nuestra vida humana. Dirigiendo la mirada de nuestra vida hacia la vida del Cristo, se nos presenta nuestra propia vida como imagen-reflejo. De lo divino hemos nacido, en el Cristo morimos, por el Espíritu Santo volveremos a ser despertados.

Como la verdad de Cristo que vive en nosotros como el primero de nuestros hermanos, lo podemos expresar ahora en tal forma que lo sentimos como Verdad-Cristo, irradiando de Él, reflejándose en nuestro ser humano: El ha sido generado por la fuerza del Espíritu, tal como lo expresa el Evangelio según San Lucas, a través del símbolo de la paloma que descendió como Espíritu Santo. Del Espíritu fue generado; en el cuerpo humano murió; en lo Divino resurgirá.

Solo percibiremos en el justo sentido las verdades eternas, si las percibimos en su reflejo del presente, no meramente en una forma, hechas abstracción absoluta. Y si nos sentimos como hombre, no solamente en sentido abstracto, sino como hombre realmente perteneciente a un tiempo en que nos incumbe el deber de actuar y pensar en concordancia con el carácter de la época, entonces trataremos de percibir el lenguaje de ahora del Cristo que está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo; oiremos entonces su enseñanza que nos ilumina y nos fortalece en el pensamiento. Así podremos acoger en nosotros al Cristo en su nuevo lenguaje, pues con el Cristo debemos unirnos como ligado con nosotros por parentesco. Así nos será posible cumplir nosotros mismos la misión del Cristo en la tierra y después de la muerte.

El hombre de cada época debe acoger en sí mismo a su propia manera al Cristo. El hombre podía sentirlo, si en el justo sentido consideraba los dos pilares espirituales, la idea de la Navidad y la de la Pascua de Resurrección. El profundo místico alemán Ángelus Silesius lo expresó, con respecto a la imagen de la Navidad:

“Si el Cristo nace en Belén mil veces y no en ti, eternamente perdido permaneces”.

y con respecto a la imagen de la Pascua de Resurrección:

“La Cruz de Gólgota, del Mal no te podrá salvar, si no en ti también se llega a elevar”.

Es verdaderamente necesario que el Cristo viva en nosotros, puesto que no somos hombres en sentido absoluto, sino hombres de una determinada época; el Cristo debe nacer en nosotros tal como sus palabras resuenan a través de nuestra época. Debemos tratar de hacer nacer el Cristo en nosotros, para nuestro fortalecimiento, nuestra iluminación; el Cristo debe nacer en nuestra alma tal como ha quedado con nosotros y como El quiere quedar con los hombres, todos los tiempos hasta el fin del mundo. Si en el día de hoy tratamos de sentir en el alma el nacimiento del Cristo, como la luz eterna y la fuerza eterna, entonces se nos presenta de la justa manera el nacimiento histórico del Cristo en Belén, como asimismo su reflejo en nuestra alma.

“Si el Cristo nace en Belén mil veces y no en ti, eternamente perdido permaneces”.

Así como ahora El nos hace dirigir la mirada hacia su nacimiento en el acontecer humano, su nacimiento en nuestra alma, así contemplamos de la justa manera la imagen de la Navidad. Entonces somos conscientes de la noche solemne que nos debería dar el sentimiento de un nuevo fortalecimiento, de la iluminación de los hombres, después de diversos males y dolores que en el presente los han conmovido y seguirán conmoviéndolos.

El Cristo dice: “Mi reino no es de este mundo”. Si de la justa manera dirigimos la mirada hacia su nacimiento, esa palabra nos exige encontrar en el alma el camino hacia aquel reino donde El está para fortalecernos, para iluminarnos, cuando amenaza la oscuridad y la falta de fuerza; fortalecernos por los impulsos provenientes de aquel mundo a que El mismo se refirió, y del que su aparición en la noche solemne siempre quiere hablar. “Mi reino no es de este mundo”. Pero por otra parte El mismo ha traído ese reino a este mundo, para que nosotros siempre podamos recibir del mismo, fuerza, consolación, confianza y esperanza, en todas las situaciones de la vida, siempre que nos decidamos a guiarnos por sus palabras, como estas:

“De cierto os digo, que cualquiera que no recibiere el reino de Dios como un niño, no entrará en él.”

Rudolf Steiner

Leer texto completo. “El nacimiento del Cristo en el alma humana”

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