Un verdadero Santo no necesita ser “reconocido”.

Toda aquella persona, alma, cuya existencia terrenal, dedicación y entrega a los demás es calificada de santa, debería tener la precaución de manifestar en vida, y de forma fehaciente, que la Iglesia Católica no la canonizará como santo/a.

Debería rechazar tajantemente ese “honor” sin dar explicación o justificación alguna, pues los jerarcas eclesiásticos ya conocen las razones y sobre todo, porque solo el Altísimo posee tal potestad.

Esto es tan verdad, como verdad es el hecho de que el “Otro” está encantado con los santos de su iglesia.

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