El Arcano del Dragón y el Caballero de radiante Aura.

caballero-y-armadura

El Caballero montado en su corcel inicia el ascenso por la ladera de la montaña.

 Es noche clara cuando llega ante la boca de la cueva.

Se despoja de su armadura excepto de su coraza, se circunda una cuerda cuyos extremos anudan sendas anillas y los deja caer a cada lado de su cintura,  enciende la antorcha,  y armado de su escudo pulido como un espejo y su lanza que por longitud y flexibilidad asemeja una pértiga, se adentra y desciende por una pendiente poco inclinada.

 Llega a una bóveda, está cubierta de afiladas estalactitas y flanqueada de estalagmitas que forman un coso en el que duerme el Dragón.

 Sin demorarse, se encarama a su cuello de un potente salto impulsado por su lanza, repta hasta la cabeza, se asegura con las anillas de la cuerda a sus cuernos, y vocea rotunda y gravemente…

 ¡¡¡ DRAAAA…GOOOONNNNN …!!!

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Cuando el dragón siente al osado y molesto visitante en su cabeza, se enfurece, se agita para librarse de él,  pero la bóveda no es lo suficientemente alta y amplia para maniobrar a su antojo, no le permite alzarse completamente, y aún menos volar pues apenas puede desplegar sus alas sin herirse con las numerosas estalactitas, así que debe conformarse con zarandear su cuello y revolverse sobre sus patas.

El Caballero sabedor de la limitación de su oponente, lo incita con destreza y prudencia, punzándole  con la lanza para mantenerlo con el cuello erecto y avivando el fluido candente en sus fauces.

Cuando la elongación y excitación del Dragón alcanza un grado que el Caballero considera suficiente, continúa desplegando su arcano ardid.

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Firmemente asido a la cuerda entre lo cuernos, descuelga el escudo por su tirante hasta los ojos del Dragón que queda momentáneamente desconcertado, dando tiempo al caballero para que con la punta de la lanza enrosque y tome un poco del ígneo y denso fluido de su boca.  

Entonces lo esparce en un determinado y preciso lugar de la cabeza del Dragón, y se acerca para que su pecho acorazado contacte con el mismo.  

 Tan pronto lo logra, el Caballero es penetrado y envuelto por una energía luminiscente,  y simultáneamente el dragón decae en su agitación y se encoge sobre su cuerpo.  

Mientras el Dragón se serena dejando escapar rebufos de impotencia, el Caballero aprovecha para escabullirse entre estalagmitas y salir por dónde había entrado.

Fuera de la cueva la luna llena se enseñorea en un cielo estrellado,  y como un  lucero andante, el Caballero comienza un lento descenso  montaña abajo.

Algunos animales del bosque fascinados por la luminosidad, que ahora envuelve al Caballero y su caballo, le acompañan formando una comitiva.

Unas mariposas lo coronan, delante dos enormes jabalís le abren paso, de un lado unos conejos, del otro un zorro y una comadreja y detrás un venado en cuyas astas un grillo advierte. El séquito es observado por un buho real que los sigue de árbol en árbol.

 Alborea cuando llegan al valle. Los animales se quedan en la linde del bosque.

 A pesar de su renovada energía, el Caballero siente hambre y sabe que debe dar descanso a su cuerpo. Enfila su montura hacia una cercana villa.

 Por el camino va encontrando campesinos que acuden a su labor diaria. Todos se asombran.

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Entra en la villa. Los  rayos de sol no pueden desvanecer  su intensa y radiante aura.

Las gentes flanquean su paso y corren la voz. Nadie da crédito a lo que ven.

Unos, los más, gesticulan temor; otros, exclaman un Oh!  de admiración y envidia; y algunos sonríen ofidiamente dejando entrever en sus ojos la codicia por conocer y hacerse  con el secreto que  su instinto les hace presuponer.

 “¿Quién es? ¿Cómo lo ha conseguido?”

Al escucharlo, el Caballero recuerda.

Una noche en sueños, se le presentó un anciano caballero que le habló sobre el Arcano. Lo instruyó y adiestró para que pudiera tener éxito en estado de vigilia y le mostró el lugar en el que el Dragón se ocultaba.

Pero no fué suficiente el entrenamiento astral, recuerda las veces que había fracasado en sus primeros intentos, las heridas recibidas, y las ocasiones en las que inspiró la muerte en el fuego del Dragón.

Ha dado su palabra de honor de guardar el secreto, pero por su experiencia es consciente de que si alguien consiguiera con malas artes extraérselo,  no tendría la menor oportunidad, porque no es suficiente el saber y hacer de la memoria y el intelecto para lograrlo, y el destino asegurado para el insensato engreído que osara son las fauces del Dragón.

Cada vez que el Caballero lo precisa, repite exactamente el mismo ritual con el mismo resultado.

 Tal es el grado de saber, querer, osar y callar que ha alcanzado.

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