Los dioses creados a imagen y semejanza.

” Los dioses que los hombres crean son seres maravillosos. Poseen todas las virtudes y todos los vicios de los que los hicieron, y a su vez vuelven a sus criadores viciosos o virtuosos, necios o sabios. Es cosa sabida para el estudiante de la ciencia oculta que si un hombre hace consciente y voluntariamente una acción, ya buena ya mala, llama a la existencia un poder viviente que reacciona sobre él, hasta que se agota la fuerza con la cual la ha dotado el que la conjuró, y mientras vive puede ser para su creador una maldición o una bendición. Igual cosa sucede con la creación de dioses, y la ley que rige al individuo rige también a su nación.

Desde el cautiverio en Babilonia, la nación judía parece haber sido maldita. Los judíos han sido perseguidos en casi todos los países, y doquiera que han ido han sido odiados. Justa o injustamente se han hecho casi proverbiales su cobardía, su egoísmo y su codicia; como nación, han excedido a las demás en acumular tesoros. En su totalidad se les considera tiránicos, inflexibles y obstinados, mientras que por otra parte exceden a las demás  naciones en las virtudes que tienen su origen en un estado de separación y aislamiento, están firmemente unidos, se ayudan los unos a los otros en la necesidad, quieren a sus familias, y son aún héroes al defender aquello que pueden legalmente revindicar como suyo.

Si tratamos de remontarnos hasta el origen de la maldición que parece pesar sobre ellos, podemos encontrarla en el hecho de que han creado a aquél dios cruel, sanguinario y egoísta, al cual llaman “Jehováh”, y el dios que habían creado reflejó sobre ellos sus propios atributos y llegó a ser el instrumento de su castigo. Materializaron una grande idea, la aprisionaron en una forma limitada y le dieron vida, y encadenándose a esta forma se volvieron sus esclavos. Al crearse un dios propio, separado y aislado del dios universal de la humanidad, se separaron y se aislaron del resto de los hombres; ese dios, cuyos favoritos se imaginaban ser, era el resultado de su egoísmo y se convirtió en el instrumento de su tortura. El nacimiento de Jehováh vino a ser la maldición que les siguió tenazmente por doquiera que anduvieran.

Durante millones de años el Absoluto había enviado sus rayos benéficos en el mundo de la mente. No hacía distinción de personas, sino que daba la luz de la Sabiduría a todos los que abrían su corazón para recibirla; el agua de la verdad caía cual lluvia sobre todos, y refrescaba a los que abrían su alma para beberla. La vida, la Luz y la Felicidad eran accesibles a todo, el género humano sin intervención de sacerdotes ordenados por los hombres; el Dios Universal no pedía otro sacrificio que el que se eleva espontáneamente de un corazón puro, la adoración del Bien absoluto ― sacrificio que, encendido con el fuego del amor desinteresado, se eleva cual una nube al trono del Eterno y vuelve a bajar cual rocío celestial, derramando sobre el que ofrece el sacrificio siete veces lo que da.

Así en los tiempos antiguos los sacerdotes ordenados por el cielo ― es decir todos los seres humanos que tenían conciencia de la existencia de un ideal divino universal ― alimentaban a los dioses con sacrificios de pensamientos puros y exaltados; enviaban sus aspiraciones espirituales del altar de un corazón puro a las más altas regiones del pensamiento y hacían obrar a unas fuerzas espirituales que reaccionaban sobre ellos, dotándolos de conocimientos y ennobleciendo sus índoles. Sus “oraciones” servían para adelgazar el velo de materia que los rodeaba y facilitaba ver más allá de las puertas de sus prisiones. El estado superior de conciencia al cual se elevaban, creaba en sus almas una nueva “Jerusalén” y les hacía realizar su verdadera naturaleza humana y su verdadera condición como poderes espirituales incorporados, reyes y señores de la creación. No necesitaban de la ayuda de  dioses personales exteriores porque tenían conciencia del Espíritu universal de Sabiduría que en ellos obraba.

Más como al crecer la población, se hizo más reñida la lucha por la existencia terrestre, y los hombres, obligados por las circunstancias exteriores, empezaron a prestar más atención a sus necesidades animales que no a los requisitos de la vida en el Eterno; como al ser fuertemente atraídos por las cosas sensuales iban perdiendo en la misma proporción la facultad de concebir aquello que trasciende la percepción sensual; perdieron la confianza en el divino poder dentro deellos, clamaron por ayuda de fuentes exteriores.

Olvidáronse de la oración y aprendieron a mendigar, y como ningún dios apareciera para darles lo que pedían, inventaron dioses para sí.

Necesitaban dioses que prometieran salvarlos de la esclavitud, porque habiéndose  esclavizado al Ego, estaban entonces demasiado ocupados en ejecutar la órdenes de su amo y en atender a sus negocios, para prestar mucha atención a su salvación y trabajar eficazmente por recobrar su libertad. Así desapareció de su vista Lo Ilimitado, Eterno e Infinito, y crearon en su lugar unos dioses limitados, personales y variables. El dios que los Judíos crearon fue llamado Jehováh ― nombre cuyo verdadero significado era conocido de pocos solamente ― y lo dotaron con las buenas y malas cualidades que los caracterizaban.

Fueron perseguidos y muertos los sacerdotes naturales ordenados por el cielo, los cuales, conscientes de la divinidad que existe en el hombre, rehusaban rendir homenaje a los dioses hechos por los hombres; el culto divino llegó a ser un asunto de tráfico y quedó confiado a los clérigos ordenados por los hombres, quienes no tenían ideal más elevado que sus personalidades semi-animales representadas por los dioses que eran la prole de su imaginación. El interés de la Iglesia llegó a ser superior a la adquisición de la Sabiduría; ceremonias externas y sacrificios materiales tomaron el lugar de las aspiraciones espirituales y de las ofrendas del corazón; la esperanza de recompensas futuras y el temor de castigos en el temible estado venidero, reemplazaron a aquella nobleza de carácter que procura hacer el bien por amor al Bien, sin cuidarse de las consecuencias que de ello resulten en provecho de la personalidad. Inventáronse cielos e infiernos externos, cuyas llaves estuvieron realmente en poder de los sacerdotes, porque habiéndose apoderado de la imaginación de los creyentes podían hacerles creer que estaban en el cielo o en el infierno. Así fue destronada en el corazón del hombre la eterna Realidad, la Verdad, y apoderóse del cetro la clerecía con todas sus ilusiones.

Al crear a su dios los judíos perdieron su valor, perdieron toda confianza en su propio poder. En adelante confiaron en su criatura, y el dios cuyos progenitores eran ellos, los alimentó con promesas y profecías que jamás se cumplieron. Mientras los dioses de los romanos inspiraban a estos hazañas y proezas, el dios judío prometió cumplir los deberes de su pueblo. En vez de ayudarse a sí mismos, esperaban ayuda de su dios y permanecían esclavos, cargados de las cadenas que ellos mismos habían forjado. En vano se alzaba hasta las nubes el olor de los becerros y de los carneros quemados en los altares de los templos. Jehováh no podía ayudar a sus adoradores. Era un monstruo creado por el egoísmo y todo lo necesitaba para sí. No podía dar vida a los judíos porque la suya dependía de la energía vital que recibía de ellos; no podía satisfacer sus expectativas porque no tenía otro poder que aquél que le prestaban sus adoradores. Quedan satisfechas las expectativas de los hombres únicamente cuando crean dioses de quienes nada esperan.

Cuando realicen esta verdad será inútil entonces la creación de los dioses, y los hombres volverán a ser capaces de encontrar al único Dios verdadero y universal que cumple sus promesas, obrando dentro y por medio del organismo de la Naturaleza y del Hombre.

Mientras tengan los hombres diferentes deseos, tendrán diferentes dioses. Mientras vaguen en la base de la montaña de muchas cumbres, cada uno creerá que la cumbre que ve más prominente, es la más alta de todas. Sólo cuando hayan llegado todos a la cima conocerán el punto más alto, sólo cuando hayan alcanzado el más alto concepto de la verdad, comenzarán a conocer al Dios universal. Verán entonces que no eran más que productos de sus ilusiones los dioses a quienes adoraban antes y que parecían tan grandes, y que, al pisar la cima, ellos son, por decirlo así, la cima misma, en razón al lugar elevado en que se encuentran.

Al adorar a los dioses que ellos crean, los hombres no adoran sino a sí  mismos. Van creando una imagen mental que dotan con su propio carácter, en ella concentran sus pensamientos, sus esperanzas y sus temores, y al envejecer ellos mismos y quedarse desmolados y arrugados, se espantan de ver cambiar las facciones de la imagen que tienen delante de sí. Descubren imperfecciones en su dios al que se habían figurado perfecto. Luego se esfuerzan en “curar” a ese Dios: le aplican parches, ungüentos, le pintan y le visten; procuran prolongar su vida; mas las nuevas generaciones, teniendo un ideal más joven, le ven putreficarse bajo su barniz y su máscara; ellas necesitan un dios joven, un dios que se les parezca, y se crean uno.

Así están los dioses continuamente sujetos a cambios. A medida que cambia el carácter de una nación, así se va cambiando su dios. Para reformar a los dioses de la humanidad, es preciso reformar a la humanidad. Sólo cuando los hombres sean de la misma opinión, tendrán el mismo Dios.

Empero ese ideal universal que hace que los hombres sean unánimes, no puede hallarse en credos externos, ceremonias y formas, ni en opiniones y doctrinas acomodaticias porque las apariencias exteriores y las teorías están continuamente sujetas a cambios. Cada ser humano difiere de todos los demás en apariencia exterior y en su modo de pensar. Una sola cosa comparten todos los hombres la cual constituye su humanidad, y es la conciencia de ser hombres; el conocimiento de que son superiores a las piedras, los vegetales y los animales, y que pertenecen a la gran familia de la humanidad. Esta conciencia no cambia mientras los hombres permanecen humanos. Si se embrutecen pierden la conciencia de su dignidad como seres humanos; dejan entonces de ser hombres, y no les queda nada de humano sino la forma exterior. De igual manera a medida que se elevan los hombres a la realización de lo que en es divino y eterno en el hombre, alcanzando la conciencia de un
estado superior de existencia, se vuelven dioses mientras tienen todavía impresa en sus formas la estampa de la humanidad. Cuando los hombres se hayan hecho conscientes de este Divino estado de existencia, no tendrán entonces sino un Dios común.

No puede haber más que una sola Causa Suprema de la vida, de la conciencia y de la sabiduría, y su dominio ha de extenderse doquiera que existan estos tres factores. Los hombres no pueden conocer a Dios mientras no son divinos ellos mismos, pero cuando en el curso de la evolución, el género humano se haya librado de las cadenas que le ligan a los atractivos de la materia, volverá a ser capaz de conocer dentro de sí el carácter del Dios
verdadero y universal, cuya sabiduría se manifiesta en toda la Naturaleza, cuyo aspecto exterior es visible en cualquier lugar, mas cuyo poder no puede realizarse sino por aquél en quien Dios se ha despertado a la conciencia propia. Entonces sabrán los hombres que Dios es Uno y Todo en Todo, y que la Humanidad es Una espiritualmente sin separación ni división.

Entonces gemirán y sollozarán los dioses creados por el hombre porque su fin habrá llegado. Entonces se lamentarán los Fariseos y los Escribas que pretenden ser los depositarios de la sabiduría y los mensajeros de los dioses que los hombres han inventado, porque los dioses ― los fámulos de la iglesia ― serán inútiles, y con ellos terminará su autoridad. Entonces cesará el pueblo de sacrificar al Becerro de Oro, y se restaurará el reino del verdadero Jehováh que se regocija en el corazón del hombre cuando mata sus pasiones animales y le sacrifica sus opiniones erróneas, mas los que rehúsan abrir los ojos a la luz de la verdad, permanecerán en la oscuridad y sufrirán las torturas que ellos mismos han creado por su mórbida imaginación.”

Frantz Hartmann, “Vida de Jehoshua”

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2 respuestas a Los dioses creados a imagen y semejanza.

  1. Pau dijo:

    Me encanta leer esto. Siempre he pensado que la humanidad era buena y que todos eramos uno.

    • Gracias Pau por tu comentario.

      Así es, y es una verdad absoluta, para comprobarla basta con observar a los niños antes de que sean “secuestrados” por el Sistema en las guarderías de P3, cuando tienen 3 años y sus madres “ignorantemente” los entregan al Sistema para que empiece el proceso de transformación egoica.

      La conexión o reconexión con la Conciencia Una más conocida como despertar de la propia Conciencia, permite percibir claramente los mecanismos que nos atrapan en una existencia demencial.

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