Carta de Aristóteles a Adonay.

“Te felicito y me alegro por tu triunfo. Los últimos acontecimientos han reducido el tiempo de tus pruebas a la mitad. Pero tienen que venir luego las pruebas de la dulzura que son más peligrosas que las del dolor que acabas de soportar.

Debes saber que tu último proceder para con aquel hombre, te ha elevado a la dignidad de un Dios. En todo el pueblo no se habla sino de ti. Jadallah te quiere como a un hijo y Ashtaruth te adora.

Tienes actualmente alrededor tuyo un aura de atracción formidable, y si no llegas a neutralizarla, todo estará perdido.

El hombre en su dolor, trata de buscar y encontrar a Dios; pero en el placer, de todo se olvida menos de su alegría. Pues mientras más ignorante es el hombre, más fatuo y arrogante es, por su egoísmo.

El aspirante no puede dar un sólo paso en el Sendero si no tiene a su corazón propio como guía.

Día y noche debes escuchar aquella voz silenciosa y seguir sus mandatos.

En las pruebas del dolor, a veces, hasta el miedo y el instinto de conservación pueden intervenir para salvar a un hombre. Pero en las pruebas del placer, la misma pasión conduce al hombre a su propio aniquilamiento, con alegría y gozo, a semejanza del gato que lamía una lima de hierro, y bebía contento su propia sangre.

Cuanto más elevada se encuentra una cosa, tanto más formidable es su caída. La energía vital que está en ti actualmente, te está impulsando al amor que comienza a embargar tu cuerpo, hermoseando tu rostro, y ennobleciendo tu carácter. Debes seguir tú el sendero del amor espiritual que no tiene nada de impuro, en su fervor ideal, y evitar la degradación del amor.

La fuerza vital y creadora es el camino de la iniciación interna de un aspirante. En su jornada, desde su origen espiritual, es una idea, que se convierte luego en un sentimiento emocional y por último en una sensación de los órganos sexuales. Si quieres ser un filósofo, mantenla en su primera fase; si quieres ser artista, en la segunda; pero si quieres llegar a ser un Dios, debes manejarla en su tercer período.

Toda energía es Una y si empleas una gran cantidad de ella en una sola dirección, poco te quedará para utilizarla en otra. Si la mayor parte de esta energía se emplea para la satisfacción personal, sólo puede hacerse a expensas del Yo Superior Impersonal.

La fuerza creadora pertenece al Cosmos y no al individuo; a la raza y no a la persona; es al Cosmos y a la raza a quienes debe ser devuelta.

No debes materializar tus pensamientos divinos si quieres evitar la caída, sino que por el contrario, debes espiritualizar toda sensación para poder entrar nuevamente en el Edén.

No debes vender toda tu vida por un minuto, ni tu primogenitura por un plato de lentejas.

Por los manuscritos que están en tu poder, ya sabes cuáles son las pruebas que debe sufrir un aspirante. Ya has pasado por tres y te resta la cuarta que es más difícil. Con todo, debes entregarte al fuego, pero no jugar con él. Para rasgar el velo es preciso que tu alma se excite por el fuego, este fuego debe quemar todo lo innoble e indeseable para llegar a ver a Dios cara a cara.

La castidad es la puerta de la iniciación por la que puede el hombre pasar a su mundo interno, en el que estará en comunicación permanente con las inteligencias angelicales poseedoras de la memoria de la naturaleza. Cuando la energía creadora por medio de la castidad invade la médula espinal, sintoniza todos los centros del hombre para abrir camino hacia el Reino de la Realidad.

El Cristo en ti tiene que ir al Padre para abrirte el camino. Para acortar el tiempo de duración de tus pruebas, tenemos que colocarte al borde de un precipicio… Tenemos que valernos de alguien para que encienda en ti el fuego del altar; este fuego produce humo y luz, y eres tú quien debe escoger entre lo uno y lo otro. Este fuego encendido en tu sangre gaseosa te pone en contacto con el alma del mundo y es en este estado en el que debes recibir la iniciación.

Todo depende de tu imaginación y de tu fuerza de voluntad. Actualmente eres el Hijo del Hombre; por el fuego serás el Hijo de Dios y un sacerdote a manera de Melquisedek.

Tú necesitas de la mujer para divinizarte, pero cuídate de la mujer. Busca a la mujer para que encienda en ti ese fuego sagrado pero cuídate de la mujer, que tiene el poder de apagártelo. Ámala sin deseos y adórala sin profanación, y entonces serás digno de la Gran Iniciación. La mujer te conduce hasta el Cristo (Hamsa) que está en ti, pero también puede conducirte al demonio y al infierno que están en ti. El fuego encendido por la mujer consume toda traba que se halla entre ti y tu Salvador, pero el humo puede cegarte…

Ese fuego debe ascender a tu cráneo, mas nunca debe salir de tu órgano sexual. Hijo mío, tienes que encender en ti la zarza de Horeb para poder hablar con Dios…

A la luz de este fuego puedes aprender los misterios de la Naturaleza que no se hallan en los libros. Y todos estos misterios se encuentran en la mujer misma. Ámala y protégela de ti mismo.

En el vientre de la mujer se halla oculta la máxima sabiduría. Pero esta sabiduría se encuentra al fondo de un abismo oscuro y peligroso. Tienes que bajar con luz, pues si no, el humo te hace perder la razón y puedes estrellarte. Serás bendito si ves siempre a Dios en el vientre de la mujer. Los ángeles te bajan de tu cielo el polen del árbol de la vida. Esta semilla no es, ni debe ser, masculina o femenina.

Para volver a la divinidad debes tener una mujer en ti y no una mujer para tí. “.

Capítulo XIV de la novela Adonay de Jorge Adoum

abrazo_bellini

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