Soy un ignorante.

“Y luego, en el fondo, digamos toda la fastidiosa verdad: ¡soy un ignorante! He husmeado por todas partes, he revuelto en todo, he desflorado y abusado de lo cognoscible, me he golpeado la cabeza contra lo incognoscible, pero nunca he profundizado nada. No hay doctrina, arte, filosofía en que pueda decir verdaderamente que soy un déspota absoluto. No tengo una especialidad, no tengo un campo, aunque sea pequeño, aunque sea un huerto doméstico y pequeño, en el que me sienta de verdad en lo mío, en el que pueda tratar de arriba abajo a quien se me coloque delante.

Puedo dar a los demás, a muchos, la impresión de ser uno de esos hombres anfibios, eunucos y desvirilizados que se llaman, con ultraje a la agricultura, “hombres cultos”. He leído bastantes libros, muchísimos, quizás demasiados, y sin embargo, puedo decir que no he leído nada. Tengo en la mente una infinidad de nombres, una horda de títulos, un almacén de apuntes, pero los libros que en realidad conozco por dentro y por afuera, en las palabras y en el espíritu, por lecturas repetidas, mediadas y reposadas, son poquísimos, y me avergüenzo de ello aunque no sea yo solo el único en este miserable estado de quien pierde tiempo escribiendo en la arena, palabras que se llevará el viento. El hombre de un solo libro es fúnebre y siniestro; pero, cloaca que retiene de lo que pasa por ella solamente lo peor, lo extremo. Yo soy uno de estos hombres. Mea culpa.

Soy el autodidáctico nato, y el autodidáctico es grande sólo si logra madurarse y formarse. Soy el enciclopédico, el hombre de los diccionarios y de los manuales, y el enciclopédico es maravilloso cuando sabe ligar con los anillos de hierro de las ideas madres, los haces marchitos y sin flores de los hechos regados acá y allá por las librerías. Puedo asombrar a más de unos con la biografía; puedo sostener conversaciones decentes hasta con especialistas. Pero después de cinco minutos o cinco días, héteme a secas: mi panera está vacía. Tengo muchos sacos en mi casa, pero ninguno a la medida. Me falta siempre más de una fanega y lo que queda no ha sido pasado por la criba. A dondequiera que me vuelva no soy un profano, pero, tampoco un iniciado. No tengo ni asiento reconocido entre los doctos ni llevo rótulos en la frente. Soy un desarraigado que puede estar en cualquier parte mientras no lo echen.

Judío Errante del saber, no me he detenido en ningún país; no he tomado domicilio estable en ninguna ciudad. Perseguido por el demonio de la curiosidad he explorado ríos y selvas sin rumbo y sin paciencia: apurado, al vuelo. Tengo muchas reminiscencias, pero pocos fundamentos. Soy como un rey que posee un gran imperio compuesto de cartas geográficas.

He comenzado a hacer muchas cosas y no he concluído nada. Apenas emprendido un camino, he vuelto por la primera senda que se me abría a diestra o siniestra, y de ésta, por los atajos, he ido a dar a los senderos y por los senderos he ido a parar a otra carretera maestra.

Cuando alguien se maravilla de mi saber, de mi “erudición”, me vienen ganas de reír. Yo sólo sé cuántas lagunas espantosas hay en mi cerebro. Yo sólo, que he querido saberlo todo, sé cuán próximos están los confines de mi ciencia. Las hazañas de la antigüedad, las lenguas muertas de las grandes naciones, las ciencias de la luz, del movimiento, de la vida me están casi cerradas. Conozco el vocabulario y algún párrafo; tengo una idea del conjunto y no sé caminar con mis piernas. Soy ignorante, desmesurada e incurablemente ignorante. Y lo peor es que mi ignorancia no es la pura y natural del hombre de los bosques o de los campos, que puede ir unida con la frescura, con la paz y hasta con una cierta ingeniosidad. No: yo soy el ignorante que se ha revolcado entre los libros, soy un burro de biblioteca, soy el que ha aprendido tanto, que ha perdido la espontaneidad sin conquistar la sólida sabiduría.

No obstante he tenido el valor de querer enseñar a los hombres, de improvisarme maestro, de trazar para otros caminos y senderos. He escrito libros con notas y bibliografías, he sentenciado acerca de los libros ajenos, he dado la impresión de poseer mis argumentos y de conocer mis temas. Tengo cierta reputación de sabio, de trabajador, de fichador. ¡Cuán grande debe ser la ignorancia de los demás para que crean de mí tales cosas! Yo sólo puedo decir cuán fácil y falsa es la fama que ciertos doctos obtienen con poco gasto de la ciega holgazanería de los hombres. Yo, que conozco el derecho y el revés de mi sapiencia y que sé cuán leve y sutil es la tela de mis erudiciones, qué falta de preparación hay bajo la seguridad y cuánta timidez tras la arrogancia, me avergüenzo de mí mismo y de los demás y siento la necesidad de confesarme en voz alta con el que me quiera escuchar.

¿Qué cosa grande podrá nunca surgir de un hombre de tal modo sumergido y enfangado en la ignorancia? Saber es poder: ¿qué maravilla hay en que mi potencia se haya quedado en tormentoso recuerdo y remordimiento, en la barredura de los deseos muertos. ¿Y a quién deberé acusar de esta necesaria derrota? A mí mismo, siempre a mí mismo. Si yo hubiese sido más débil, para no soñar, o más fuerte, para vencer,  no estaría aquí humillándome ante aquellos a quienes desprecio.”

cap. 36 del libro “Un hombre acabado” de  Giovanni Papini

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3 respuestas a Soy un ignorante.

  1. Yo he aprendido de mis ancestros, que antes que yo, ya se pronunciaban con el mismo asunto…
    “Eclesiastés 12: 12 Lo que uno saca de ellos (los libros) son grandes advertencias. El escribir muchos libros no tiene fin, y el mucho estudio cansa”.

    Saludos de un crédulo y optimista

  2. zambullida dijo:

    Los libros sólo proporcionan erudición que no sirve para casi nada. La sabiduría viene de Dios. No obstante, las lecturas bien escogidas pueden ser un fantástico alimento.

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