Fe y Ciencia aspiran a la Verdad.


“Se dice que la belleza es el esplendor de la verdad.
Así, la belleza moral reside en la bondad. Es bello ser bueno. Para ser bueno con inteligencia hace falta ser justo.
Para ser justo es preciso actuar con razón.
Para actuar con razón hace falta tener la ciencia de la realidad.
Para tener la ciencia de la realidad hace falta poseer la conciencia de la verdad.
Y para tener conciencia de la verdad, hará falta tener una exacta noción del ser.
El ser, la verdad, la razón y la justicia, son el objeto común de la búsqueda de la ciencia y de
las aspiraciones de la fe. La formulación, sea ella real o hipotética, de un poder supremo,
transforma la justicia en Providencia, y la noción divina, bajo tal punto de vista, llega a ser
accesible a la misma ciencia.

La ciencia estudia el ser en sus manifestaciones parciales; la fe le supone, o mejor, le admite a priori en su generalidad.
La ciencia busca la verdad en todas las cosas, mientras que la fe relaciona todas las cosas con una verdad universal y absoluta.
La ciencia constata realidades en su detalle, la fe les explica mediante una realidad de conjunto que la ciencia no puede constatar, pero que la existencia misma de los detalles parece obligarla a reconocer y admitir.
La ciencia somete la razón de las personas y las cosas a la razón matemática universal;
la fe busca por encima de los mismos supuestos matemáticos una razón inteligente y absoluta.
La ciencia demuestra la justicia por la precisión; la fe concede una precisión absoluta a la
justicia, al subordinarla a la Providencia.

Se ve aquí todo lo que la fe toma prestado a la ciencia, y todo lo que la ciencia a su turno concede a la fe.

Sin la fe, la ciencia permanecería limitada por una duda absoluta, y se hallaría eternamente detenida en un empirismo azaroso de un escepticismo razonador; sin la ciencia, la fe tendría que construir sus hipótesis del azar y no podría más que prejuzgar a ciegas las causas de los efectos que ella ignora.

La gran cadena que enlaza a la ciencia con la fe es la analogía.
La ciencia está obligada a respetar una creencia cuyas hipótesis son análogas a las verdades demostradas. La fe, que todo lo atribuye a Dios, estará obligada a admitir la ciencia como una revelación natural que, por la manifestación parcial de las leyes de la razón eterna, brinda una escala de proporciones a todas las aspiraciones y a todos los intentos del alma por penetrar el dominio de lo desconocido.

Es, pues, la fe la única que puede dar una solución a los misterios de la ciencia y, por contraposición, es la ciencia la única que demuestra la razón de ser de los misterios de la fe.
Por fuera de la unión y del concurso de estas dos fuerzas vivas de la inteligencia, no quedaría a la ciencia sino el escepticismo y la desesperanza, y a la fe la temeridad y el fanatismo. Al insultar a la ciencia, la fe blasfemaría; al desconocer a la fe, la ciencia abdicaría.

Escuchémosla, pues, hablar de común acuerdo:

El ser existe por doquier, dice la ciencia; él es múltiple y variable en sus formas, único en su
esencia e inmutable en sus leyes. Lo relativo demuestra la existencia de lo absoluto. Existe
inteligencia en el ser, y es dicha inteligencia la que anima y modifica la materia.

La inteligencia existe por doquier, dice la fe. La vida no puede ser fatal en ningún sitio, puesto que está sometida a leyes. Estas leyes expresan la sabiduría suprema, lo absoluto en cuanto a inteligencia, el supremo regulador de las formas, el ideal vivo de todos los espíritus, Dios.

En su identidad con la idea, el ser es la verdad, dice la Ciencia.
En su identidad con el ideal, la verdad es Dios, responde la fe.
En su identidad con mis demostraciones, el ser es la realidad, dice la ciencia.
En su identidad con mis legítimas aspiraciones, la realidad es mi dogma, dice la fe.
En su identidad con el Verbo, el ser es la razón, dice la ciencia.
En su identidad con el espíritu de caridad, la más alta razón es mi obediencia, dice la fe.
En su identidad con el motivo de los actos razonables, el ser es la justicia, dice la ciencia.
En su identidad con el principio de la caridad, la justicia es la Providencia, responde la fe.

Sublime acuerdo de todas las certezas con todas las esperanzas, de lo absoluto en inteligencia con lo absoluto en amor. El Espíritu Santo, el espíritu de caridad, debe conciliarlo todo y transformarlo todo en su propia luz. ¿No es él mismo el espíritu de inteligencia, de ciencia, de consejo y de fuerza? El vendrá, dice la liturgia católica, y será como una nueva creación que cambiará la faz de la tierra.

«Burlarse de la filosofía es ya filosofar», dijo Pascal, aludiendo a esa filosofía escéptica y dudosa que no reconoce la fe. y si existiese una fe que despreciara a la ciencia, diríamos que burlarse de una fe tal sería un acto de verdadera religión, ya que la religión, al ser toda caridad, no tolera la burla; pero tendría razón si culpara a ese amor por la ignorancia y dijese a esa fe temeraria: ¡Puesto que desconoces a tu hermana, no eres la hija de Dios!

Verdad, realidad, razón, justicia, Providencia, tales son los cinco rayos de la estrella flameante en el centro de la cual la ciencia ha escrito la palabra Ser, a la que la fe añadirá el nombre inefable de Dios.

Pregunta: ¿Qué es la verdad?
Respuesta: Es la idea que es idéntica con el ser.
P.: ¿Qué es la realidad?
R.: Es la ciencia que es idéntica con el ser.
P.: ¿Qué es la razón?
R.: Es aquel verbo que es idéntico con el ser.
P.: ¿Qué es la justicia?
R.: Es el motivo de los actos idénticos al ser.
P.: ¿Qué es lo absoluto?
R.: Es el ser.
P.: ¿Se concibe cosa alguna por encima del ser?
R.: No, pero podemos concebir en el ser mismo alguna cosa de sobreminente y trascendental.
P.: ¿Y, qué es esto?
R.: La razón suprema del ser.
P.: ¿La conocéis y podríais definirla?
R.: Sólo puede afirmarla la fe, y la llama Dios.
P.: ¿Hay alguna cosa por encima de la verdad?
R.: Sobre la verdad conocida se encuentra la desconocida.
P.: ¿Cómo podemos suponer esta verdad en forma razonable?
R.: Mediante la analogía y la proporción.
P.: ¿Cómo podríamos definirla?
R.: Por los símbolos de la fe.
P.: ¿Puede afirmarse de la realidad lo mismo que de la verdad?
R.: Exactamente lo mismo.
P.: ¿Hay alguna cosa por encima de la razón?
R.: Sobre la razón finita prevalece la razón infinita.
P.: ¿Qué es la razón infinita?
R.: Es la razón suprema del ser, que la fe llama Dios.
P.: ¿Hay alguna cosa por encima de la justicia?
R.: Sí, según la fe. En el plano divino estaría la Providencia, y en el plano humano el sacrificio.
P.: ¿Qué es el sacrificio?
R.: Es el abandono benévolo y espontáneo del derecho.
P.: ¿Es razonable el sacrificio?
R.: No. Es una especie de locura por encima de la razón, a la cual ésta se ve obligada a admirar.
P.: ¿Cómo podríamos llamar al ser humano que actúa de acuerdo a la verdad, la realidad, la moral y la justicia?
R.: Un ser humano moral.
P.: ¿ Y si, para imitar la grandeza y bondad de la Providencia, éste hace más que su deber y sacrifica su derecho en bien de los demás?
R.: Sería entonces un héroe.
P.: ¿Cuál es el principio del verdadero heroísmo?
R.: Es la fe.
P.: ¿Qué la sostiene?
R.: La esperanza.
P.: ¿Y qué la regula?
R.: La caridad.
P.: ¿Qué es el bien?
R.: Es el orden.
P.: ¿Y, qué es el mal?
R.: El desorden.
P.: ¿Qué es el placer permitido?
R.: El gozo del orden.
P.: ¿ Y el placer prohibido?
R.: El gozo del desorden.
P.: ¿Qué consecuencias traen uno y otro?
R.: La vida y la muerte en el orden moral.
P.: ¿El infierno, con todos sus horrores, encuentra razón de ser dentro del dogma religioso?
R.: Sí, ya que es la rigurosa consecuencia de un principio.
P.: Y ¿cuál es ese principio?
R.: La libertad.
P.: ¿Qué es la libertad?
R.: Es el derecho de hacer nuestro deber, con la posibilidad de no hacerlo.
P.: ¿Qué es faltar al deber?
R.: Es perder el derecho. Así, al ser eterno el derecho, su pérdida significa una pérdida eterna.
P.: ¿Es posible reparar una falta?
R.: Sí, por medio de la expiación.
P.: ¿Qué es la expiación?
R.: Es una sobrecarga de trabajo. Así, el que ha sido perezoso ayer, hoy deberá realizar una doble tarea.
P.: ¿Qué debemos pensar de aquellos que se imponen sufrimientos por voluntad propia?
R.: Si es para hacer frente al brutal atractivo del placer, ellos son sabios; si lo hacen para sufrir en lugar de otros, ellos son generosos; pero si lo hicieren sin razón y sin medida, se pueden calificar de imprudentes.
P.: Así, al tratarse de la verdadera filosofia y colocar ante ella a la religión, ¿es sabio lo que
ordena esta última?
R.: Podéis verlo vos mismo.
P.: Pero, en fin, ¿qué pasaría si estuviésemos engañados en nuestras esperanzas eternas?
R.: La fe no admite esta duda. Pero la filosofía puede responder a ella, que todos los placeres no valen lo que un día de sabiduría, y que todos los triunfos de la ambición no equivalen a un solo instante de heroísmo y de caridad.”

Eliphas Levi

Este texto junto con los dos anteriores La verdadera religión y El ser humano es y está llamado a terminar la Obra, se han extractado de la obra de Eliphas Levi, “La Clave de los Grandes Misterios”, que espero sea de ayuda para caminantes avanzados.

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