Delfines

Los delfines siempre han estado cruzándose en mi vida. Quiero compartir una de esas ocasiones que después de once años visualizo como si hubiera sucedido esta misma mañana.

Atravesaba entonces por un periodo de duelo muy profundo y traumático. Un domingo me animé a visitar el zoológico de mi ciudad y como siempre que lo hago, el delfinario ocupa especialmente mi atención.

El estanque mayor del recinto, está contenido en una edificación en forma de cilindro de dos pisos de altura y en cada piso hay una galería a modo de anillo que circunda el estanque. En la parte superior hay una grada al exterior desde la que el público contempla las evoluciones de los cetáceos. En las galerías, del lado exterior hay peceras con innumerables especies y del interior, ventanas con gruesos vidrios que permiten ver a los delfines nadando bajo la superficie.

Me entristece verlos en un espacio tan reducido, tan claustrofóbico, y a pesar de su cautiverio ellos no pierden nunca la sonrisa.

Me había detenido frente a una de las ventanas. De repente, uno de ellos, una hembra a la que una cría seguía, se detuvo frente a mí, me miró un instante y siguió nadando. Su mirada había atravesado mi retina llevando una chispa de emoción indescriptible a mi mente. Quedé absorto, desconectado y antes de que pudiera recobrar el sentido del lugar y el momento en el que estaba, la delfín volvió.

Sobrepasando una baranda, acerqué mi cuerpo y aún más mi cara, hasta que mi nariz marcó el límite del vidrio. La delfín hizo lo mismo, se mantenía lateralmente con su cabeza en paralelo a la mía, apenas un palmo debía separarnos.

Perdí la noción del tiempo, sólo percibía chispas de simpatía, de ternura, de cariño, diría de amor que irradiaban de su ojo derecho. Ni siquiera me dí cuenta que mis ojos se encharcaban, toda mi atención estaba concentrada en el deleite, en el gozo del instante.

De repente oí un niño que gritaba a su madre: “Mamá, mamá, ven corre, mira, hay un delfín parado que mira a un señor”.

Miré al niño, al tiempo que otras personas comenzaron a arremolinarse a mi alrededor. Ante tantos testigos me sequé apresuradamente las lágrimas. Miré de nuevo al niño y sonreí.

“Somos amigos desde hace mucho tiempo y nos hemos reencontrado” le susurré.
El niño, mirando primero al delfín y después a mí, amplió su sonrisa y asintió.
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