¿ Cómo recuperar la utopía ?

Don Jose María Castillo es otra de esas personas que me gustaría conocer.

Cayó en mis manos su obra : “Espiritualidad para insatisfechos” y de la misma os traigo este fragmento que es el  título de esta entrada: ¿ Cómo recuperar la utopía ?.

” Conocemos un hecho que está bien comprobado por la experiencia: la oferta de satisfacción inmediata que presenta el mercado neoliberal ha demostrado ser mucho más fuerte y determinante, para el común de los mortales, que las ofertas que hacen los movimientos sociales y las religiones. Por esto se explica que haya muchas personas que se saben de memoria las manipulaciones del mercado que no están de acuerdo con semejantes atrocidades, y sin embargo se sienten satisfechas en este modelo de economía y de sociedad y no quieren que cambien las cosas. Porque, en la vida del común de los mortales, es más decisiva la satisfacción de las necesidades que la coherencia de las ideas. Seguramente, esto es lo que da de sí el ser humano. Por supuesto, desde el punto de vista de la reflexión teórica, no estamos de acuerdo con eso. Pero la experiencia nos enseña que eso es lo que hace la mayoría de la gente en su vida cotidiana. Porque lo primero y lo más fuerte que todos experimentamos, cuando venimos a este mundo, son necesidades. Luego, con el paso del tiempo, aprendemos y empezamos a tener ideas. Por eso, normalmente, las necesidades son más determinantes que las ideas. Y por eso también ocurre con tanta frecuencia la disociación que tantas veces se da entre lo que pensamos y lo que hacemos. Por supuesto, al decir estas cosas no hablo de la vida de los héroes. Pero ocurre que, en este mundo, los héroes suelen ser una minoría muy escasa.

La experiencia nos viene enseñando, desde hace más de cincuenta años, que existe una profunda conexión entre mentalidad conservadora, por una parte, mentalidad capitalista, por otra parte, y mentalidad anti-utópica, en tercer lugar. Uno de los autores que mejor ha expresado esta conexión ha sido David Stockman en su libro El triunfo de la política (1986). Estas tres mentalidades, enlazadas entre sí, conforman las bases del pensamiento dominante en este momento. Una forma de pensar que el mismo Stockman resumió perfectamente cuando describió así una de sus experiencias más elocuentes:

[…] con qué temor me encontraba en el hall del edificio de la ONU, aquel bastión de los defensores de la distensión, de los comunistas y de los herejes izquierdistas. Temblaba pensando en la ira de Dios sobre mi estancia en ese mercado de la maldad […].

Es verdad que esta forma de pensar es extrema porque está en el límite de lo real, por no decir que está más allá de cualquier forma de la realidad que se pueda constatar. Pero lo grave del asunto está en que esta forma de pensar es la que comparten no pocos de los magnates del gran capital mundial y los gestores de la política más violenta en el momento histórico que estamos viviendo. Por otra parte —y esto es decisivo— esta forma de pensamiento se alimenta, en gran medida, de la religión. Lo cual es comprensible. Un pensamiento tan agresivo y brutal necesita una debida «legitimación» para justificarse ante la opinión pública. Pero semejante «legitimación» sólo puede ser proporcionada por la religión. De ahí la implicación decisiva que están teniendo ahora mismo las religiones en la violencia mundial, incluida la violencia terrorista. Por eso, entre otras razones, las grandes instituciones religiosas ya no son inspiradoras de utopías, sino fuerzas que ayudan poderosamente a sostener el sistema establecido.

Ahora bien, esto quiere decir dos cosas:

1) Mientras las religiones sigan integradas en el sistema (económico y político), no será posible recuperar la utopía.

2) Las religiones seguirán integradas en el sistema, y seguirán «legitimando» este sistema violento y hasta criminal, mientras el sistema siga aportando medios económicos, legales y políticos para que las religiones sostengan a su personal, sus templos, su culto y, por supuesto, para que las religiones continúen fomentando una moralidad pública y privada que apoya la violencia, se calla ante las agresiones a los derechos humanos y justifica semejante comportamiento con el pretexto de sus condenas contra el sexo, el aborto o la defensa de la educación religiosa que cada confesión fomenta para catequizar a sus adeptos.”

Y el libro acaba con la siguiente…

CONCLUSIÓN

” Al terminar la lectura de este libro, algunas personas pueden tener la impresión de que su contenido no es propiamente un estudio de temas de espiritualidad, sino más bien una serie de artículos de actualidad. Es posible que, si a alguien se le ha pasado esta idea por la cabeza, quizá no esté falto de razón, si es que este asunto se enjuicia con los criterios que tradicionalmente han inspirado los contenidos de la espiritualidad cristiana. Por eso me parece pertinente indicar que, al pensar o hablar de temas de espiritualidad, si es que nos queremos referir a la espiritualidad de los cristianos, nunca deberíamos olvidar lo que he dicho en el capítulo segundo de este libro: que el centro de la espiritualidad cristiana es la vida. No sólo la vida sobrenatural, divina o eterna, sino esta vida. Y al decir eso, como es lógico, me refiero a la vida diaria, la vida de lo cotidiano, de lo vulgar y hasta de lo rutinario. La vida «normal» de una persona «normal». Ahí, en el espesor de esa vida, en lo que hacemos, gozamos y sufrimos cada día, está el centro de la espiritualidad de los cristianos.

Por eso este libro no ha hablado de las tradicionales prácticas de espiritualidad. Es decir, por eso el lector de este libro no ha encontrado aquí nada (o casi nada) sobre la oración, la ascética, la perfección cristiana, la mortificación, la devoción, la piedad o el consabido análisis de las virtudes cristianas que tan sabiamente nos han explicado los maestros tradicionales de nuestra espiritualidad. Yo siento un gran respeto por esos maestros y por sus sabios tratados. Porque a ellos les debo mucho, ya que mucho es lo que me han enseñado. Pero ocurre que, cuando me pongo a pensar en la espiritualidad que enseñó Jesús con su vida, sus enseñanzas, sus preferencias, con lo que hizo y con lo que dejó de hacer, me doy cuenta de que aquel judío sorprendente que fue Jesús de Nazaret, antes que un maestro de espiritualidad, fue un maestro de vida, un maestro para la vida. De manera que, según creo, se puede afirmar con toda seguridad que lo que Jesús nos vino a enseñar no fue, propiamente hablando, una espiritualidad, sino una forma de vivir. Y, por cierto, una forma de vivir que, como es lógico, tiene que aplicarse en las condiciones y circunstancias concretas de cada persona, de cada cultura y, desde luego, de cada situación histórica.

Esto es lo que, con frecuencia, yo echo en falta en no pocos tratados de espiritualidad. Por eso no he querido tropezar en la misma piedra. O repetir (con ligeras variaciones sobre el tema) los mismos tópicos de la espiritualidad de siempre. De ahí que prefiero hablar de la vida. Porque la vida, la honradez y la bondad de nuestra vida es la mediación esencial entre los seres humanos y Dios. Quiero decir que nos entendemos con Dios en la medida, y sólo en la medida, en que nuestra vida es honrada y transparente. Una vida que está disponible para dar vida, defender la vida y la dignidad de la vida de aquellos con quienes tenemos que convivir. Y por eso, una vida que comunica felicidad, paz, sosiego, alegría y esperanza. Sólo un vida así merece vivirse.

Esto es lo que explica el título que le he puesto a esta recopilación de artículos: Espiritualidad para insatisfechos. ¿Por qué para «insatisfechos»?

Ante todo, porque el reino de Dios no es para los satisfechos. Esto se ve con claridad meridiana en las parábolas del Evangelio. El reino no es para los ricos (Mt 19, 23-24 par), ni para los invitados a la boda del rey que preferían dedicarse a sus fincas y negocios en lugar de acoger la invitación al banquete regio (Mt 22, 5 par), ni para el rico Epulón, que «se vestía de púrpura y lino y banqueteaba todos los días espléndidamente» (Lc 16,19), ni para el rico insensato, aquel que tuvo una cosecha espléndida y sólo pensaba en darse a la buena vida (Lc 12, 19). Si algo hay claro en el Evangelio, es que su mensaje fue acogido por los insatisfechos, los pobres, los que sufren, los excluidos, los que se ven perseguidos por causa de la justicia, los que lloran y los que han perdido la dignidad y la categoría de la que otros gozan en exceso.

Y no es que el Evangelio sea un mensaje o un programa para gentes extravagantes, para miserables e indeseables. El Evangelio es para todos. Es, sobre todo, un mensaje que viene como anillo al dedo para gente normal. Lo que pasa es que a los «satisfechos», precisamente porque tienen cubiertas todas sus aspiraciones, por eso no les queda en el alma sitio para los que sufren. Ni, por tanto, se pueden acordar de los que cada noche se acuestan sin comer, de los que se pudren en los hospitales, en las cárceles, en los barrios de miseria y, más que nada, en los pueblos olvidados y excluidos del tercer mundo. Los satisfechos ya tienen bastante con satisfacer cada día lo que más les gusta. Por eso en ellos no hay espacio para la sensibilidad ante el sufrimiento de las víctimas de este mundo. Y eso es tanto como decir que en ellos no hay espacio para el Evangelio, para la fe, para Jesús y para Dios. La palabra latina satis quiere decir bastante. O sea, los «satisfechos» tienen bastante con su satisfacción.

Ahora bien, si esto es así, la consecuencia que se sigue es clara: la espiritualidad cristiana sólo puede ser espiritualidad para insatisfechos. Un colectivo inmenso de gentes que llenan este mundo. Porque es verdad que, en los países más ricos de la tierra, hoy se gana más dinero que hace cincuenta años. Pero eso no quiere decir que la gran mayoría de la gente se sienta hoy más satisfecha o sea más feliz que la gente que vivía hace medio siglo. Nos han resuelto muchos problemas, pero nos han creado otros muchos, algunos de ellos de enorme gravedad y que reclaman una solución urgente. Este «mundo desbocado», que hunde en la miseria a más de la mitad de los habitantes del planeta, que está destrozando el equilibrio ecológico y agotando las reservas de la tierra, que está organizado de manera que cada día nos sentimos apremiados por nuevas necesidades, este mundo así no es precisamente un «mundo feliz». Vivimos en un mundo de gentes insatisfechas. Pues bien, a tantos seres humanos que viven insatisfechos por motivos muy distintos, pero, a fin de cuentas, insatisfechos, a ellos, a lo mejor, este libro les puede aportar algo que les sea de alguna utilidad.”

Ir al blog de D. Jose Mª Castillo, Teología sin censura

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