Las cualidades éticas de quien busca la Verdad.


Quede claro, y lo seguiré recordando, que ninguno de mis escritos personales ni obra ajena son o indican el camino hacia la Verdad, los caminos son tantos como seres humanos ha habido, hay y habrá, tantos que en realidad no hay camino. Es una paradoja que sólo cuando se ha “caminado” lo suficiente llega a entenderse.

Sin embargo, sí creo que la experiencia ajena ayuda a quienes han comprendido que ya no pueden retrasar o eludir el emprender su camino hacia la Verdad; o para quienes ya caminamos, el perseverar hacia la Meta. La historia ha registrado la experiencia de algunos que “lo lograron”, ninguno de ellos lo reconoció pública y fehacientemente, fueron las personas de su época quienes lo afirmaron; por lo que quizás ni siquiera ellos. El único que se manifestó claramente: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” ( Juan 14, 6 ) ha sido Jesús de Nazareth, el hombre Hijo del Hombre.

Esta casi imposibilidad, lejos de ser la razón para desanimarnos, debe convertirse en el Objetivo por excelencia, incomparablemente superior a cualquier otra ambición terrenal a la que aspiremos.Decía Baltasar Gracián que “lo bueno si breve, dos veces bueno” y el siguiente texto es un ejemplo. Paul Brunton nos habla aquí de las cualidades morales o éticas – ambos términos son esencialmemte sinónimos – de quien desea avanzar en la búsqueda de la Verdad.

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” Quien se llama hombre y tiene forma humana ha de ser respetado solamente cuando la razón, en su naturaleza, cobra ascendiente sobre el animal. Es proverbial el peligro de pasiones como la lujuria, la ira y la violencia animal, pero con frecuencia no se reconoce la ceguera de emociones como la atracción y el rechazo.

El hombre derrota a la pasión con los trabajos combinados de la razón y la voluntad por parte de él, y de la Gracia y del sufrimiento, por parte de lo que está más allá de él. Tiene que domar la turbulencia periódica de la pasión hasta que ésta se cansa de rebelarse y renuncia a la lucha, y debe negarse a convertirse en víctima de sus emociones. La batalla contra la naturaleza animal se entabla dentro de él mismo.

Debe aprender, especialmente, a combatir sus propias emociones. Algunas veces, debe librar batalla contra sus sentimientos placenteros, otras veces, contra sus sentimientos dolorosos. Sus deseos vehementes y codicias guerrean contra sus ideales más dignos. Debe esforzarse continuamente en ser tan fiel a sus sentimientos y tan preciso en sus emociones como ya debería tratar de serio en sus ideas. Durante estos períodos de tensión emocional es cuando es probable que tome decisiones imperfectas e inicie una acción equivocada.

El ejercicio de la calma en toda circunstancia es una clara ayuda para el discípulo que avanza por el sendero. De esta calma serena provendrá naturalmente un exacto discernimiento sobre los valores y un juicio equilibrado. Hay momentos de gran tribulación o de gran tentación en los que los controles que el hombre tiene pueden ser destruidos. El discípulo jamás deberá permitir que algo tanto le encolerice que llegue a perder su control personal.

Sus juicios deben ser desapasionados y desinteresados, sin que sus deseos los condicionen. Sus evaluaciones de los problemas más acaloradamente discutidos serán entonces equilibradas y justas, correctas y razonables. No efectuará una crítica negativa sin realizar, al mismo tiempo, una sugerencia positiva.

Uno de los blancos del aspirante filosófico en sus esfuerzos por automejorarse es liberarse de todos los prejuicios emocionales de naturaleza personal y pública que dividen y antagonizan a la humanidad y retardan el avance de ésta. La filosofía aboga por una actitud más caritativa hacia todos los hombres. La malevolencia debe ceder ante una buena voluntad no torcida por los prejuicios. Tal buena voluntad actúa como un solvente de los prejuicios, desagrados, fricciones, envidias y odios que oscurecen la vida social.

No se trata de que debamos rechazar a la emoción de nuestras actitudes (como si pudiéramos) sino que no debemos formarlas solamente en términos de emoción. La apelación emocional no está ausente de la filosofía, pero es una apelación a nuestras emociones superiores, no a nuestras emociones más bajas. La filosofía no esteriliza la emoción sino que la espiritualiza.[…]

Quien busca la verdad debe aprender el arte de ser dueño de sí mismo en toda clase de circunstancia. El método de vencerse a sí mismo es empinado y difícil, pero es tan esencial para la búsqueda como el método más suave de entregarse a éxtasis emocionales durante la meditación. Lo que deberá hacerse es afirmar el dominio sobre los pensamientos que lo arrastrarían hacia abajo, los sentimientos que lo atormentarían y los muchos yoes disparatados que lo desfigurarían.

No basta con tratar de ocuparse de las manifestaciones del yo inferior solamente con el pensamiento creador. También es necesario realizar un esfuerzo paralelo de la voluntad, un abnegado empeño para elevar la acción a un nivel superior, una lucha activa y furiosa para resistir lo que parece ser una verdadera parte de su propio ser. No sólo deberá controlar las acciones que procuran satisfacer los deseos contra su mejor juicio, sino incluso las quimeras que buscan el mismo objetivo. Debe estar alerta ante la primera incursión de emociones meramente negativas, depravadamente destructivas o vergonzosamente egoístas. Es más fácil detener la vida de tiernos brotes que de brotes más maduros. Esto es especialmente cierto respecto de pasiones como los celos, el resentimiento, el orgullo herido, el acerbo rencor y la ira encendida.

Quien busca la verdad debe disciplinarse para enfrentar los caprichos de la suerte y para superar las vicisitudes de la vida. Tal autodisciplina proporcionará más seguridad a su juventud, y mas dignidad a su vejez. Quien no llegue a esta autodisciplina desde dentro, de modo pacífico y voluntario, la tendrá impuesta desde fuera, de modo obligatorio y violento.

Estar largo tiempo asociado con ciertas personas puede alterar profundamente el carácter de un individuo y desviarle poderosamente de su dirección general. De él depende aceptar o resistir la influencia de aquéllas. Deberá estar en guardia contra el desvío de sus fuerzas y contra el descarrío de sus aspiraciones. Las podrá conducir correctamente sólo si sigue los consejos de la filosofía. Tal como quien es el mejor se convierte en pésimo cuando se corrompe, de igual modo la fuerza desviada se convierte en debilidad. Deberá buscar y encontrar el adecuado equilibrio y los factores de salvaguarda.

Al hábito de pensar ordenadamente que la educación puede haberle brindado, deberá añadir el hábito de pensar desinteresadamente, que, en su forma perfecta, sólo la filosofía podrá brindárselo.

No se refugiará en un escapismo complaciente ni se entregará a una irremediable desesperación. Mirará a la situación de frente, con calma y firmeza.
Enfocará hombres y acontecimientos, ideas y problemas, no como quien perteneciera a alguna ortodoxia convencional sino como quien busca la verdad desapegadamente. Deberá ver las cosas en su verdadera luz, sin los engaños ni las deformaciones provocadas por la codicia, el odio, la lujuria, el prejuicio y demás. Su reacción personal hacia los acontecimientos mundiales deberá alinearse con el resto de su esfuerzo de búsqueda de la verdad.

Quienes pueden usar del modo más puro su facultad pensante (o sea, con imparcialidad, sin desviaciones, desequilibrios ni egoísmo) son extremadamente escasos. Empero, la instrucción filosófica procura inducir a los hombres a que hagan precisamente esto.

El objetivo de quien busca la verdad debe ser retener y sostener sus ideales, cualquiera que sea el medio en que se encuentre. En una sociedad animada por prejuicios mezquinos y egoísmos indignos, deberá mantener firmemente su integridad moral. Deberá empeñarse en mantener, en lo sucesivo, una estricta integridad de carácter, como parte vital del sendero que conduce hacia el Yo Superior. De manera que la búsqueda no es fácil ni siempre es agradable. Deberá defender la integridad de su vida mental contra todos los enemigos físicos, humanos o ambientales.

No avanzamos cediendo ante la debilidad que se disfraza de virtud, sino fomentando la fortaleza aunque ésta tenga un rostro desagradable.

No sólo basta descubrir los principios que controlan secretamente la vida humana. También es necesario que el discípulo no contravenga los preceptos que surgen de aquéllos, ni actúe en desacuerdo con ellos en su conducta diaria. Estos principios no han de ser sostenidos obstinadamente en una ocasión, sólo para que se los sacrifique de repente en otra.

Cuando su carácter madura y su intuición se desarrolla, resulta más clara que nunca la validez de los ideales por los cuales él trabaja. Cuando un hombre persevera realmente en esta búsqueda, llegará un tiempo en el que tendrá que asumir una posición heroica en defensa de sus principios morales, en el que deberá negarse a sacrificarlos por un beneficio mudable y pasajero. Alcanzará una etapa en la que no sólo se negará a transgredir este código de ética sino que incluso se negará a ello aunque pudiera beneficiarse mucho de ese modo, o aunque su transgresión jamás pudieran descubrirla los demás.

El aspirante debe saber que si fue fiel a los preceptos de la enseñanza, tarde o temprano recibirá la liberación respecto de sus dificultades. Tal vez sus pasos sean aún claudicantes y su mente esté todavía insegura de sí misma, pero con el transcurso del tiempo descubrirá que se concretó un claro avance.

Alcanzará una paz corporal y una madurez mental en la que ciertas verdades serán más claras para lo que él se proponga, y menos repulsivas para sus sentimientos. Debe considerar tres de ellas: el valor ilusorio del sexo, la necesidad de subordinar la emoción a la razón, y la realidad del Yo Superior invisible e intangible. Debe meditar, una y otra vez, sobre estas cosas si quiere paz interior.

Su acierto en la vida no podrá seguir midiéndose adecuadamente sólo con lo externo sino que también deberá ser medido por lo que él logre alcanzar al purificar su corazón, desarrollar su inteligencia, hacer evolucionar su intuición y obtener el equilibrio.”

 Descargar pdf. Las cualidades éticas de quien busca la Verdad – Paul Brunton

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2 respuestas a Las cualidades éticas de quien busca la Verdad.

  1. Universo dijo:

    Nunca debemos cultivar la semilla de la mentira, pues no sabemos cuanto crecerá y el daño que nos hará.
    Lo resumiré en esta corta pero significativa historia…
    Ocurrió en un hermoso día de verano, qué por estar asomado el Sol en lo alto del celeste cielo azul, sin nubes que le cubriese.
    El Sol calentaba con insistencia la superficie del inmenso mar, hasta convertir su agua salada, en vapor, qué por efecto del calor, se iba elevando suavemente, y deslizándose por la azul autopista del cielo.
    Naciendo de ésta consecuencia las nubes, que por resultar menos pesadas que el propio aire, el viento la estaba empujando hasta lo más alto, haciéndolas chocar con las montañas más altas y salientes.
    Por el frío que hacía, la nube se rompió, y cayo hecha pedazos, cubriendo con un manto blanco la superficie rugosa de la superficie de la vasta montaña. Qué hospitalariamente recogía cariñosamente a cada copo de nieve, que sobre ella caía suavemente.
    Sin saber el motivo, un copo de nieve tropezó y se agarro a un segundo copo, empujando a un tercero, que se vio empujando a un cuarto copo de nieve que perdió el equilibrio, y así sucesivamente, se agarraban unos copos a otros, arrastrándose en su accidentada, e inevitable y libre caída.
    Lo que comenzó siendo una torpe caída de un simple copo de nieve, terminó convirtiéndose en una gigantesca masa de nieve en movimiento, imparable y destructora avalancha.
    Deslizándose cuesta abajo, cada vez con más violencia, fuerza, y velocidad, la bola de nieve iba creciendo de tamaño, y engordando a cada momento. Mientras libremente seguía rodando sobre la pendiente de la esbelta montaña, arrasando sin ninguna consideración con todo lo que encontraba a su paso.
    Más destructora y infrenable, que una avalancha de nieve, resulta ser una mentira.
    Pues la mentira, se pronuncia con torpeza y cobardía en tan sólo un instante, de un pésimo mal día, qué no nos detuvimos a valorar el daño que nos haría.
    Tras nosotros va rodando esa pequeñísima mentira, que se nos cayo cuando un mal día, dijimos unas palabras inseguras, para ocultar nuestra falta de valor, antes que tener que reconocer humildemente una sencilla y natural equivocación.
    Qué nuestro desacertado orgullo, o ego, nos impidió enmendar a su debido y justo tiempo.
    Y es la honestidad la que nos está acusando a través de nuestra conciencia, por no haberla utilizado con la sana intención de restituir nuestra honorable, y digna vida, reconociendo que fue tal sólo un error, esa escurridiza mentira.
    Una mentira, es una accidentada palabra, considerada equivocadamente poco peligrosa a corto plazo de haberla gestionado. Ante una sobresaliente, y destacada verdad.
    Si cometemos el error de dejar olvidada, y rodar una mentira, estaremos consintiendo a la mentira que aplaste a la hermosa cualidad de la sinceridad. Y anule cualquier muestra de honestidad que pueda brotar de nuestro interior.
    Pues la mentira, hará crecer nuestra angustia, y el miedo, al agotarse nuestro escaso valor, en pretender enfrentarnos en detener, o parar esa mentira, con la que corrimos a edificar nuestro presente, falseando la realidad de nuestra vida, de ese nefasto y pasado día.
    Aprendamos a vivir siendo consecuentes con nosotros mismos. Ya que somos la primera persona en conocer nuestras verdaderas intenciones, sean cuales quieran que éstas sean, para nosotros mismos y nuestros semejantes.
    Es gracias a la conciencia, qué no nos podemos autoengañar, anulando conscientemente nuestro conocimiento sobre la verdad absoluta.
    Pero sí podemos, por qué es lo que se suele hacer, rechazar el hecho de que conocemos la verdad, hablando y practicando la mentira, para evitar tener que cumplir honestamente con nuestra responsabilidad.
    Recordemos que no estamos solos en el Universo, y que es muy posible que alguien tenga la capacidad, de captar nuestros pensamientos, y también oír nuestras palabras, y por lo tanto permitirse la libertad de confrontar dichas palabras con nuestros pensamientos, y llegar a la conclusión de que somos unos vulgares mentirosos, e hipócritas, al no estar usando debidamente la verdad.
    Este es un buen consejo. Seamos consecuentes con nuestros principios.
    Construyamos nuestras frágiles vidas, con absolutas y sólidas verdades, con las que fortalecer los cimientos, y poder apoyar nuestros magníficos, y valerosos principios, como seres humanos civilizados.
    No justifiquemos la mentira, para no estar sometidos jamás a la tiranía de la hipocresía.

    Saludos de un crédulo y optimista

  2. Como tú bien señalas, estimado crédulo y optimista, es la conciencia, que no la consciencia, la que no nos dejará en paz por nuestras mentiras. Ya me habrás leído que rotundamente manifiesto que la conciencia siempre es moral y que la moral es única. Lo demás son los trucos del antagonista para encubrir la mentira con éticas ” a la carta”.
    Ética ( ethos ) y moral ( moris ) son los mismos conceptos, el primero griego y el segundo latino. El hombre moderno los separó para justificar que su “sabiduría” podía competir y superar a la Sabiduría, que es una una y divina.

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