El Espíritu de la verdadera libertad.


En estos días que se celebran los actos de la Jornada Mundial de la Juventud traigo un texto del “Credo” de Hans Küng, obra que en mi modesta opinión todo cristiano “inquieto” debería leer, sin que ello signifique compartirlo.

Aprovecho para manifestar mi disconformidad con la decisión del Papa Benedicto XVI de recuperar “las indulgencias” amparándose en esta potestad:

“Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo.” Mateo cap.16,19

Versículo que interpreto sólo coherente y aplicable a la persona del apostol Pedro y en su tiempo. Este fundamental mensaje de Jesús sólo está presente en el Evangelio de Mateo, nada al respecto aparece en los evangelios de Marcos cap. 8, 2-29, Lucas cap.9, 18-20 o Juan, quien ni siquiera hace referencia al hecho; por lo que teniendo en cuenta su enorme relevancia y trascendencia lo razonable es que tal afirmación fuera testimoniada al menos por más de un evangelista.

Me resulta difícil aceptar que una persona por muchos “méritos” que acumule en su vida, pueda ser poseedor de tal poder por “herencia recibida en la Tierra”; porque entre otras razones, no ha habido, ni hay ni habrá, un solo ser humano que no esté condicionado por las imperfecciones y debilidades de su propia naturaleza y las del mundo. Es mi convicción de que en esta vida terrenal no hay ninguna ley ni potestad humana que pueda obligar o condicionar a Dios.

El único “juzgador” que puede conocer el verdadero arrepentimiento es el Espíritu Santo al que ningún artificio, capacidad u opacidad humana le franquea el conocimiento de la verdad. El arrepentimiento en la persona que honradamente busca, ha encontrado o simplemente acepta a Dios, surge porque la conciencia produce en el alma una reacción inmediata ante el error cometido, que se manifiesta primero como una emoción de vergüenza, seguida de tristeza, para convertirse ambos en un sentimiento de ansiedad que quebrantan la paz interior y aprisionan y atenazan el alma en una congoja paralizante. Sólo hasta que no se busca, se realiza, se experimenta y se sufre un profundo y sincero acto de contrición, no se recupera la paz y la libertad por Gracia del mismo Espíritu Santo.

El Espíritu Santo, que como dice Küng es el mismísimo Jesucristo, no necesita ningún “certificado” expedido por jerarquía humana alguna para conocer y creer en nuestra sinceridad y humildad.

Sería propio de necios e hipócritas creer que una indulgencia terrenal puede librarles de su conciencia y su consecuente disciplina para que rectifiquen.

El arrepentimiento pleno implica asumir la responsabilidad, el dolor que ello conlleva y actuar para reparar o aminorar el daño. Tengamos absolutamente claro y cierto que aunque alguien pudiera engañar a todos durante mucho tiempo, quizás durante toda su vida, jamás podría confundir al Espíritu Santo.

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El Espiritu de libertad

” Creer en el Espíritu Santo, en el Espíritu de Dios, significa para mí aceptar con confianza que Dios puede estar presente dentro de mí, que Dios, como fuerza y poder misericordiosos, puede llegar a enseñorearse de mi espíritu ambivalente, de mi corazón tantas veces cerrado.

Y aquí hay algo para mí muy importante: el Espíritu de Dios no es un espíritu que esclaviza. Pues es el espíritu de Jesucristo, que es espíritu de libertad. Ese espíritu de libertad ya se traslucía en las palabras y obras del Nazareno.

Su espíritu es ahora, definitivamente, Espíritu de Dios, desde que el Crucificado fue glorificado por Dios y vive y reina en la forma del ser de Dios, en el Espíritu de Dios. Por eso puede decir Pablo con toda razón: «Donde está el Espíritu de Dios, allí está la libertad» (2 Cor 3,17).

Y con ello no alude sólo a una libertad de culpa, de ley y de muerte, sino también a una libertad para obrar, para vivir llenos de gratitud, de esperanza y alegría. Y eso, pese a la resistencia y a las constricciones de la sociedad y de la Iglesia, pese a los defectos de las estructuras y a los fallos personales del individuo. Ese espíritu de libertad señala, como espíritu del porvenir, hacia delante: pero no me muestra un más allá donde buscar consuelo sino un presente donde he de esforzarme y acrisolarme.

Y como yo sé que el Espíritu Santo es el espíritu de Jesucristo, también tengo una medida concreta para examinar y discernir los espíritus. Ya no se puede interpretar equivocadamente el Espíritu de Dios y tomarlo por una oscura fuerza divina, desprovista de nombre y susceptible de desfiguración.
No: el Espíritu de Dios es, inequívocamente, el espíritu de Jesucristo.

Y eso significa, de una manera concreta y práctica: ninguna jerarquía, ninguna teología, ninguna corriente entusiástica de las que apelan, prescindiendo de Jesucristo, al «Espíritu Santo», pueden reclamar para sí el espíritu de Jesucristo. Ahí están los límites de todo ministerio eclesiástico, de toda obediencia, de toda colaboración en teología, Iglesia y sociedad.

Creer en el Espíritu Santo, en el espíritu de Jesucristo, significa para mí -precisamente a la vista de tantas corrientes neumáticas y carismáticas- que el Espíritu no es nunca mi propia posibilidad, sino siempre fuerza, poder, don de Dios, que hay que recibir con fe y confianza. No es, pues, un espíritu del mundo, de la Iglesia, de la jerarquía o de la exaltación entusiástica; es siempre el Santo Espíritu de Dios, que sopla donde quiere y cuando quiere y que no es en modo alguno apto para una cosa: para justificar poderes absolutos de gobiernos y de doctrinas, dogmáticas prescripciones de fe carentes de fundamento e incluso el piadoso fanatismo y la falsa seguridad en la fe. Nadie -obispo o catedrático, clérigo o laico- «posee» el Espíritu, pero todos y cada uno pueden rezar una y otra vez: «Ven, Espíritu Santo».

Pero al poner toda mi esperanza en ese Espíritu, tengo motivos para creer no en la Iglesia, pero sí en el Espíritu de Dios y de Jesucristo, que están también en esa Iglesia, la cual consta de hombres que fallan, como yo. Y al poner mi esperanza en ese Espíritu, estoy preservado del peligro de despedirme, con resignación o cinismo, de la Iglesia. Al poner mi esperanza en ese Espíritu, puedo decir en conciencia, pese a todo: creo en la santa Iglesia, credo sanctam Ecclesiam.”

Leer completo “Credo” de Hans Kung

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