Resignación en la adversidad.


” El sufrimiento es una ley de nuestro mundo. En todas las condiciones, en todas las edades, bajo todos los climas, el hombre ha sufrido y también ha llorado. A pesar de los progresos morales, millares de seres se inclinan aún bajo el peso del dolor. Las clases superiores no están exentas de males. En los espíritus cultos, la sensibilidad más despierta y más exquisita conduce a impresiones más vivas. El rico, como el pobre, sufre en su carne y en su corazón. Desde todos los diversos puntos del globo, la lamentación humana sube hacia el espacio.

Aun en el seno de la abundancia, un sentimiento abrumador, una vaga tristeza se apodera a veces de las almas delicadas. Comprenden que la felicidad es irrealizable en la Tierra y que sólo luce con fugitivos relámpagos. El espíritu aspira a vidas y a mundos mejores; una especie de intuición le dice que la Tierra no lo es todo. Para el hombre alimentado por la filosofía de los espíritus, esa intuición vaga se cambia en certidumbre. Sabe adónde va y conoce el porqué de sus males y la razón de ser del sufrimiento. Más allá de las sombras y de las angustias de la Tierra, entrevé el alborear de una nueva vida.

Para ponderar los bienes y los males de la existencia; para saber lo que son la felicidad y la desdicha verdadera, hay que elevarse por encima del círculo estrecho de la vida terrena. El conocimiento de la vida futura y de la suerte que nos espera en ella nos permite medir las consecuencias de nuestros actos y su influencia sobre nuestro porvenir.

Considerada desde este punto de vista, la desgracia, para el ser humano, no consistirá ya en el sufrimiento, en la pérdida de sus deudos, en las privaciones y en las miserias, no; consistirá en todo lo que le manche, le empequeñezca o le suponga un obstáculo para su adelanto. La desgracia, para el que sólo considera el presente, puede ser la pobreza, los achaques o la enfermedad. Para el espíritu desvinculado de lo Alto, será el amor al placer, la soberbia y la vida inútil y culpable. No se puede juzgar una cosa sin ver todo lo que de ella se deduce, y, por eso, nadie comprenderá la vida si no conoce su finalidad y sus leyes.

Los padecimientos, al purificar el alma, preparan su elevación y su felicidad, en tanto que los goces de este mundo, las riquezas y las pasiones la debilitan y le proporcionan en la otra vida amargas decepciones. Así pues, el que sufre en su alma y en su cuerpo, aquel a quien la adversidad abruma, puede esperar y levantar su mirada confiada hacia el Cielo; paga su deuda al destino y conquista su libertad. En cambio, el que se complace en la sensualidad forja sus propias cadenas, acumula nuevas responsabilidades que pesarán enormemente sobre sus días futuros.

El dolor, bajo sus formas múltiples, es el remedio supremo para las imperfecciones y para los achaques del alma. Sin él, no hay curación posible. Del mismo modo que las enfermedades orgánicas son con frecuencia el resultado de nuestros excesos, los padecimientos morales que nos atacan son la resultante de nuestras faltas pasadas. Tarde o temprano, esas faltas recaen sobre nosotros, con sus consecuencias lógicas. Tal es la ley de justicia y de equilibrio moral. Sepamos aceptar sus efectos, como aceptamos los remedios amargos, las operaciones dolorosas, que han de devolver la salud y la agilidad a nuestro cuerpo. Aun cuando las tristezas, las humillaciones y la ruina nos abrumen, soportémoslas con paciencia. El labrador desgarra el seno de la tierra para hacer brotar de ella la mies dorada. Así, de nuestra alma desgarrada surgirá una abundante cosecha moral.

La acción del dolor separa de nosotros lo que es impuro y malo: los apetitos groseros, los vicios, los deseos, todo lo que viene de la tierra debe volver a la tierra. La adversidad es la gran escuela, el campo fértil de las transformaciones. Gracias a sus enseñanzas, las pasiones malas se truecan poco a poco en pasiones generosas, en amor al bien. Nada se pierde. Pero esa transformación es lenta y difícil. El sufrimiento, la lucha constante contra el mal, el sacrificio propio únicamente pueden realizarla. Con ellos, el alma adquiere la experiencia y la sabiduría. El fruto verde y ácido que esta alma era se cambia, bajo las ondas generadoras del padecimiento, bajo los rayos del sol divino, en un fruto dulce, perfumadas y maduras para los mundos superiores.

Sólo la ignorancia de las leyes universales nos hace aceptar nuestros males con disgusto. Si comprendiésemos cuán necesarios son estos males para nuestro adelanto, si supiésemos saborear su amargura no nos parecerían una pesada carga. Todos odiamos el dolor, y sólo comprendemos su utilidad después que hemos abandonado el mundo donde el dolor ejerce su imperio; sin embargo su obra es fecunda, sin embargo. Hace fructificar en nosotros tesoros de piedad, de ternura y de afecto. Los que nunca lo conocieron valen poco. Apenas queda desbrozada la superficie de sus almas. Nada es profundo en ellos: ni el sentimiento ni la razón. Como no soportaron el sufrimiento, permanecen indiferentes e insensibles al de los demás.

En nuestra ceguera, maldecimos nuestras existencias oscuras, monótonas y dolorosas; pero cuando levantamos nuestras miradas por encima de los horizontes limitados de la Tierra; cuando hemos discernido el verdadero motivo de la vida, comprendemos que esas vidas son preciosas e indispensables para dominar a los espíritus soberbios, para someternos a esa disciplina moral, sin la cual no hay progreso alguno.

Libres en nuestras acciones y exentos de males y de preocupaciones, nos dejaríamos llevar de los arrebatos de nuestras pasiones y por los impulsos de nuestro carácter. Lejos de trabajar en nuestro mejoramiento, no haríamos más que añadir nuevas faltas a nuestras faltas pasadas, en tanto que, comprimidos por el sufrimiento en existencias humildes, nos acostumbramos a la paciencia y a la reflexión, nos proporcionamos esa única calma de pensamiento que nos permite oír la voz de lo alto, la voz de la razón.

En el crisol del dolor es donde se forman las almas grandes. A veces, ante nuestros ojos, unos ángeles de bondad vienen a vaciar el cáliz de amargura, con el fin de dar ejemplo a aquellos a quienes exalta el tormento de las pasiones. El sufrimiento es la reparación necesaria, aceptada con conocimiento de causa por muchos de nosotros. Que esta idea nos inspire en los momentos de desfallecimiento; que el espectáculo de los males soportados con una resignación conmovedora nos dé fuerza para permanecer fieles a nuestros propios compromisos, a las resoluciones viriles adoptadas antes del regreso a la carne.

La fe nueva ha resuelto el problema de la purificación por el dolor. La voz de los espíritus nos alienta en las horas difíciles. Los mismos que soportaron todas las agonías de la existencia terrestre nos dicen hoy:
“He sufrido, y sólo he sido feliz con mis sufrimientos. He rescatado muchos años de lujo y de molicie. El sufrimiento me ha enseñado a pensar y a orar; en medio de las embriagueces del placer, jamás la reflexión saludable había penetrado en mi alma, nunca la oración había rozado mis labios. ¡Benditos sean mis padecimientos, puesto que por fin me han abierto el camino que conduce a la sabiduría y a la verdad!” (Un espíritu al autor).”

Capítulo 9 – “Resignación en la adversidad” del libro “El Camino Recto” de Leon Denis.
Descargar libro completo.

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