San Francisco de Asís: El poder de la debilidad.

“No  tenemos nada. No tenemos estudios ni preparación intelectual. No tenemos casas ni propiedades. Nos faltan influencias políticas. Nos falta base para ser recomendados. No podemos impresionar porque no ofrecemos palpables utilidades apostólicas ni eficacias sonoras. Parecemos una extraña Orden de la Santa Ignorancia y de la Santa Impotencia.

No podemos ofrecer a la Iglesia universidades para formar combatientes para defensa de la Verdad. No disponemos de un escuadrón bien compacto de dialécticos para confundir a los albigenses. No tenemos amplios recintos monásticos para cobijar a los hombres que quieran consagrarse a Dios. No tenemos nada, no podemos nada, no valemos nada.

Justamente por eso, porque somos impotentes y débiles como el Crucificado, porque hemos llegado al paralelo total de la inutilidad y de la inservibilidad como Cristo en la cruz, por eso el Omnipotente revestirá de omnipotencia nuestra impotencia. Desde nuestra inutilidad el Todopoderoso sacará las energías inmortales de redención; y por medio de nosotros, indignos, inútiles, ignorantes y pecadores, quedará patentizado ante la faz del mundo entero que no salvan la ciencia, el poder o la organización, sino sólo nuestro Dios y Salvador. Será la victoria de nuestro Dios y no de la diplomacia.”

 San Francisco de Asís al Cardenal Juan de San Pablo

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De cuando en cuando aparecen en la Iglesia personalidades dotadas de condiciones especiales, que despiertan a los dormidos, cuestionan y amenazan estabilidades consagradas, abren horizontes nuevos y trazan rutas inéditas. Son los carismáticos. Igual que en una aventura, el carismático se lanza solitariamente por geografías desconocidas para explorar senderos que nunca nadie había recorrido anteriormente.

Su mensaje parece nuevo. No lo es sin embargo; pero va revestido de tal empuje y resplandor, que tenemos la impresión de estar ante un fenómeno nunca presenciado. Generalmente, el nuevo mensaje no hace referencia a contenidos doctrinales, ni a actos culturales, ni siquiera devocionales; sino que enfatiza en una actitud existencial, algo así como en un nuevo estilo de vida; las exigencias del mensaje son pocas y esenciales, y van anunciadas en un tono urgente y absoluto. En nada se parece a una enseñanza racional o a un enunciado doctrinal, sino más bien lleva una fuerte carga vital y va directamente dirigida al corazón.

A veces el profeta se yergue como un ariete ante los muros institucionalizados y organizaciones religiosas; y pareciera amenazar con acabar con todo lo que pacientemente se había edificado hasta entonces. Se trata de un profeta agresivo. Otras veces, en cambio, el profeta influye por el fulgor de su vida y la plena concordancia entre lo que dice y hace. A este grupo pertenece Francisco de Asís.

El carisma nace y crece espontáneamente, impulsado por una fuerza que le viene desde dentro, se resiste a ser enmarcado en determinados cuadros y se escurre de las manos de quien quisiera asirlo o manipularlo. Es como una llama desprendida del leño, dinamismo puro, en perpetuo movimiento igual que la vida, hasta el punto de aparecer frecuentemente como carente de solidez.

En torno al carismático se congrega un grupo de seguidores, atraídos por su fuego; y generalmente sin propaganda, y hasta, a veces, en contra de su voluntad. Y así, el carismático se torna en padre y maestro; y con frecuencia, y sin proponérselo, en modelo de vida; y, de esta manera, el movimiento que se genera a su alrededor lleva un cuño muy personal, parece improvisado y hasta versátil, como que se resiste a ser aprisionado entre los moldes de una definición. Por eso, a la hora de precisar en qué está la originalidad de un carisma nos hallamos en duros aprietos y nos vemos forzados a echar mano, para expresarlo, de vaguedades, diciendo, por ejemplo, que es un estilo de vida.

El ímpetu del carisma tiende a debilitarse. Al desaparecer el hombre carismático, su movimiento pierde el empuje inicial, y va derivando progresivamente en formas cada vez más recargadas.

Los sucesores no se sienten seguros; porque el carismático, y sólo él, era la seguridad. El grupo, para defenderse, consolidarse y para sentirse idéntico a sí mismo, necesita definirse con precisión; se intelectualiza el carisma, se trazan rasgos de personalidad, perfiles específicos. El mensaje original es sofocado bajo el peso de preceptos y prohibiciones; y aquella simplicidad inicial va desdibujándose en un fárrago cada vez más complicado de comentarios e interpretaciones. Y así, piedra a piedra, la institución va inexorablemente hacia arriba, mientras el espíritu primitivo va desvaneciéndose hasta reducirse a un recuerdo lejano.

Esta es, un poco o un bastante, la historia del franciscanismo. Y símbolo de esto es esa basílica gigantesca de la Porciúncula, en Asís, cobijando –¿aplastando?– (salvaguardando también, es verdad) la humilde capillita de la Porciúncula, siete metros de largo y cuatro de ancho, cuna del franciscanismo y epicentro de aquella aventura evangélica.

 Texto completo  de Ignacio Larrañaga ” San Francisco de Asís”

Biografía de San Francisco de Asís, escrita por G.K.Chesterton

San Francisco de Asís en Wikipedia

Web oficial ciudad de Asís

leer LA ALEGRIA PERFECTA DE SAN FRANCISCO

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