Maestro: ¿Cómo puedo ver y oir a Dios?.

“El discípulo dijo a su maestro: Señor, ¿cómo puedo yo ascender al nivel suprahumano, de modo que pueda ver a Dios y oírle hablar?”.

El Maestro respondió diciéndole: Hijo, cuando puedas trascender a Aquello, donde ninguna criatura reside, aunque sea por un momento siquiera, entonces oirás lo que Dios habla.

Cuando logres escapar a la tiranía del yo y de la expresión de su voluntad, cuando tanto tu intelecto como tu voluntad estén pasivos, en quietud, para permitir que sobre ellos se estampe la impronta del Verbo eterno y del Espíritu, y cuando tu alma emerja de lo temporal, teniendo los sentidos exteriores y la imaginación aquietados en abstracción divina, entonces sabrás en ti cómo ver, oír y hablar en la eternidad. Dios oirá y verá a través tuyo, que te habrás convertido en el órgano de su Espíritu; así, Dios hablará en ti y le murmurará a tu espíritu, y tu espíritu oirá su voz.

Para llegar a esto se necesita cumplir tres requisitos: el primero consiste en que tendrás que someter tu voluntad a la de Dios, debiendo sumergirte hasta el fondo en su misericordia. El segundo se refiere a que deberás odiar tu propia voluntad y abstenerte de hacer aquello hacia lo cual se conduce esa propia voluntad. La tercera es que deberás colocar tu alma bajo la Cruz, sometiéndote de corazón a ella, con el fin de poder asistir las tentaciones de la naturaleza y de la criatura. Y si eres capaz de hacer todo esto, oirás, Hijo mío, lo que el Señor habla en ti.

Aunque admites profundamente la sabiduría terrenal, ahora, que estás vestido con la Celestial Sabiduría, te darás cuenta que toda la sabiduría del mundo es desatino.

Serás capaz de resistir cualquier tentación y te mantendrás hasta el final de tu vida por encima del mundo y por sobre los sentidos. En este proceso te odiarás a ti mismo y asimismo te amarás; te lo repito, te amarás a ti mismo como nunca te has amado.

Al amarte a ti mismo, no te amas por sí mismo; pero como te has sometido al amor de Dios, amarás ese divino centro en ti, mediante el cual y en el cual amas profundamente a la divina sabiduría, la divina bondad, la divina belleza. También amarás las grandes obras de Dios, y en este mismo centro amarás a tus hermanos. Al odiarte a ti mismo, lo que odias es solo aquello en lo cual el mal todavía persiste próximo a ti. Es imposible, no puede haber ningún egoísmo en el amor, ambos se excluyen mutuamente. El amor, esto es, el amor divino (el único del que hemos hablado), aborrece todo perverso egoísmo. Es imposible que estos dos subsistan en una persona; necesariamente el predominio de uno determina la exclusión del otro.

La altura a la que puede llegar el amor, tiene la altura de Dios; logra elevarte hasta hacerte tan alto como Dios mismo, uniéndote a él. Su grandeza será tan grande como la de Dios; hay una latitud del corazón enamorado que es imposible expresar; agrande el alma hasta hacerla alcanzar el tamaño de la creación entera. Tú experimentarás esto, más allá de todo lo que yo pueda explicarte, cuando el trono del amor se eleve en tu corazón. Su poder sostiene los cielos y mantiene la tierra; su poder es el principio de todos los principios, la virtud de todas las virtudes. Es la razón de todo lo que existe y una energía vital que interpenetra todos los elementos naturales y sobrenaturales. Es el poder de todos los poderes, y nada es capaz de perjudicar la omnipotencia del amor, ni resistir su empuje poderoso. Si lo encuentras, has llegado a la fuente de la cual todas las cosas proceden, y al centro donde todas ellas convergen; y te has convertido en un Rey sobre todas las obras de Dios.

Guarda silencio, por tanto, y observa que a través de la plegaria tu mente se disponga a encontrar esa joya, que al mundo aparece como algo deleznable, pero que constituye el todo para los hijos de la Sabiduría. El sendero hacia el amor de Dios es desatino para el mundo, pero sabiduría para los hijos de Dios, para quienes lo que el mundo desprecia es el más preciado tesoro; sí, tan gran tesoro es, que ninguna vida puede expresar, ni lengua alguna poner en palabras lo que es este fogoso, arrebatador amor de Dios. Es más brillante que el sol; es más dulce que cosa alguna considerada dulce; es más fuerte que toda fuerza; más nutritivo que cualquier embriagador y más agradable que todo lo que podamos imaginar cómo agradable en este mundo. El que lo obtiene es más rico que monarca alguno haya sido sobre la tierra, y el que lo gana es más noble que un emperador y más potente y absoluto que todos los poderes terrenales y sus autoridades.”

Del Capitulo XVII. Confesiones de Jacob Boehme

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