Vieja y Nueva Consciencia.

La Consciencia es Una. No puede ser ni mayor ni menor, ni más amplia ni más estrecha, ni nueva ni vieja. Según el saber antiguo y arcano de los místicos, la Consciencia es Una, eterna, increada, trinitaria: Ser absoluto, Energía absoluta, Deleite infinito. Para aquellos a los que la vieja hipocresía religiosa ha hecho aborrecer los términos Dios, Señor, Divinidad, etc., pero no ha conseguido extirpar la sensación o el presentimiento de que más allá de este mundo de fenómenos fugaces hay algo real, algo que se posee a sí mismo, Consciencia es, acaso, el concepto y la realidad llamada a substituir las palabras gastadas y vacías. La Consciencia es Una, el Tiempo es su dimensión subjetiva, el Espacio es su dimensión objetiva; el Universo es una realidad Espacio-Temporal-Consciente, el Universo es una realidad luminosa . La Consciencia es Luz.

Una. Y, sin embargo, nos sentimos justificados a utilizar este concepto: la Nueva Consciencia. Incluso más que justificados: obligados, empujados. Es imprescindible empezar a distinguir ya lo que hemos sido de lo que queremos ser y esa distinción requiere una nueva terminología. También el místico cambia de nombre con la iniciación a la vida espiritual: ese nuevo nombre no es una rareza ni un adorno superficial, es la señal de una nueva identificación, de una nueva dirección y horizonte, de un nuevo modo de concebir, enfrentar y responder al mundo. Eso es también la Nueva Consciencia.

Pero ¿qué es la Nueva Consciencia?, ¿qué la caracteriza, qué la define, qué la manifiesta, qué la distingue de la vieja consciencia? El hombre común del siglo XX no se distingue del hombre común de los siglos anteriores a Cristo más que por dos características: el mayor refinamiento de su ignorancia y la ingente acumulación en sus neuronas de información inútil. Por lo demás, sigue siendo una consciencia centrada al nivel de sus deseos y sentimientos subjetivos con una mente mercenaria dedicada a verbalizarlos, justificarlos y satisfacerlos; su conocimiento es el de “cómo lograr lo que deseo”; el hombre sigue siendo el hombre vital, el hombre-animal que quiere pero no puede disimular su parentesco con el simio.

Entonces, eso que llamamos evolución ¿es una mentira piadosa que el hombre se cuenta a sí mismo?, ¿no se ha producido ni un solo cambio de consciencia substantivo desde el día en que dejamos los bosques y empezamos a contemplar el mundo erguidos? Los sabios de la antigüedad abrieron las puertas de los mundos interiores y con la verdad hallada empujaron a la humanidad a una consciencia ética, a una consciencia centrada en un bienestar más amplio que el exclusivo del individuo y a una conducta más compleja que la inspirada por el mero interés egoísta. Krishna vino y despejó el camino hacia la realización de la Consciencia Cósmica, desde la que se percibe la unidad viviente de todo lo creado. Buddha vino y mostró la senda del Nirvana, desde el que se percibe la irrealidad esencial de todo lo creado. Cristo vino a vencer a la muerte y trazó la ruta hacia un Reino que no es de este mundo donde gozar la inmortalidad conquistada.

Ciertamente, ha habido evolución, la de unos pocos, la del Hombre, que sigue siendo una lejana posibilidad para el hombre en lugar de una actualidad. Hemos crecido hacia los cielos, pero continuamos caminando con pies de barro: paralelo a estos movimientos evolutivos, a este ensancharse progresivo de la consciencia del Hombre, el declive de la consciencia de los hombres.

Tras el ocaso de los dioses, el crepúsculo de los hombres. El progreso material, la cultura de la pastilla y el botón han devuelto a los hombres a sus junglas y a sus deseos primarios y a sus sueños salvajes. Las de antaño eran verdes y soleadas e ingenuas. Las de ahora son de cemento, contaminadas y perversas.

¿Y ahora…? “

Sri Aurobindo

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