De la guitarra a la literatura

Luis Landero comenzó a ganarse la vida como virtuoso de la guitarra española hasta que su también vocación literaria ganó la partida del destino de su vida.

Landero hilvana las palabras como si de notas musicales se tratasen. Su prosa es fértil, armoniosa y evocadora. Imprescindible para aquellos que gozan del placer de navegar por los más bellos ríos de palabras que discurren por los campos de la condición humana.

Licenciado en Filología Hispánica es profesor de literatura en la Escuela de Arte Dramático de Madrid. Su obra incluye las novelas “Caballeros de fortuna” (1994), “El mágico aprendíz” (1998), “El guitarrista” (2002), un relato de meditaciones, “Entre lineas: el cuento o la vida” (2000) y una recopilación de artículos “¿ Cómo le corto el pelo, caballero?. Y su más reciente novela “Hoy, Júpiter” en la que estoy inmerso y de la que he elegido al azar un fragmento correspondiente a la página 141:
 
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 “Aquel hombre parecía a primera vista la encarnación del tono hipotético de la carta. Todo en él era inconcreto: su edad -no se distinguía bien si acababa de abandonar la juventud o había dejado ya atrás la madurez-, su aspecto -ni gordo ni flaco, vagamente elegante, vagamente desaliñado-, una larga melena que le nacía de la calva, el gesto impreciso con que invitó a Tomás a sentarse al otro lado de la mesa. Entre la barba tupida y unas gruesas gafas de carey daba la impresión de ir medio enmascarado. El despacho, un bajo sin ventanas, tenía también algo de almacén, y parecía que no habían terminado de instalarse o bien que andaban de mudanza. Escombreras de libros, cajas de cartón, pilas de manuscritos, papeles, material informático de desecho, todo desordenado con buen gusto, posters de tema literario en las paredes, muebles y lámparas de diseño que habían perdido hacía ya tiempo su voluntad de estilo.

El hombre se ajustó las gafas, se aclaró la voz y comenzó a hablar. Cada palabra valía un mundo. Las frases se hacían interminables, porque a cada instante perdía el curso de su sentido con vacilaciones del tipo de “esto”, “bueno”, “en fín”, “en realidad”, chasquidos de la lengua, carraspeos, además de ciertos gestos reiterativos, ajustarse las gafas, rascarse delicadamente el entrecejo con la uña del anular, rebuscarse en los bolsillos de la chaqueta y no encontrar nunca nada, amasarse la barba o hacerse en ella rizos y tirabuzones: gestos que parecían incorporarse al discurso para refrendar la poca fiabilidad que le merecían las palabras. Hablaba cansado y como fingiendo hacer memoria de algo que acaso había repetido ya mil veces.”

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Si te gustó, te garantizo que el resto tiene la misma, y a ráfagas mayor, brillantez. Sus historias y personajes son tan reales como la vida de cualquiera de nosotros. Enseguida te identificas con algo o alguien que también ha formado parte de tu vida.

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